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martes, 31 de enero de 2017

¿La contradicción de la teta?


Hace unos días, una veintena de policías intervino en una playa argentina para exigir a tres mujeres que hacían topless que se taparan los pechos, acusándolas de hacer exhibicionismo.


El tema se volvió viral en muy poco tiempo en las redes sociales. El escándalo desatado es una ilustración de cuán machista es todavía la sociedad argentina. Vale recordar algunas cosas de las que muchxs se han olvidado:
  • Una teta no es un órgano genital
Los genitales son, para los varones: el pene, los testículos, la próstata. Para las mujeres: el útero, las trompas de Falopio, los ovarios, la vagina, el clítoris.

Y nada más. Las tetas no forman parte del sistema reproductivo, no sirven para la reproducción, no tienen nada que ver con los órganos genitales.

Las tetas sirven para amamantar, no para reproducirse. Así que de exhibicionismo, nada.
  • Tantos varones como mujeres tenemos tetas
Las tetas suelen estar más desarrolladas en las mujeres, porque son ellas las que vienen mejor preparadas para producir leche. 

Pero de hecho, los varones también pueden producir leche en algunas circunstancias. Las tetas de los varones, si bien no están tan desarrolladas como las de las mujeres (aunque por gordura, algunos varones tienen más tetas que muchas mujeres), son exactamente lo mismo que las tetas femeninas: glándulas mamarias y pezón.


Tetas de varones muy desarrolladas. Y no censuradas por nadie.
Pero solamente el pezón y las tetas femeninas son consideradas "sexuales" o "indecentes".
  • Las tetas no son necesariamente objetos sexuales
No hay ninguna razón natural por la cual las tetas de las mujeres deberían considerarse más "sexuales" que las tetas de los varones.

¿Quién decide qué es erótico y qué no lo es? ¿Las tetas femeninas son objetos sexuales porque algunos varones (no todos) se excitan viéndolas? ¿O será porque algunas mujeres (no todas) sienten placer sexual cuando las tocan?

Pues adivinen qué: algunas mujeres también se excitan viendo pechos masculinos. Y algunos varones también se excitan cuando les tocan el pezón.

Las zonas erógenas son múltiples y variadas. Cada persona tiene sus "spots" particulares que las hacen gozar si las tocan "ahí". Personalmente, me vuelve loca que me besen en la nuca. Me pone muy, pero muy caliente. ¿Debería pensar, entonces, que es indecente andar mostrando mi nuca?

¿Entonces? ¿Por qué, con esa regla de tres, solamente las tetas femeninas son consideradas eróticas y objeto de placer? ¿Por qué los varones pueden exhibir tranquilamente sus tetas mientras que las mujeres debemos tapar las nuestras? ¿Por qué lo tenemos que medir todo de acuerdo a la vara de los varones, y decidir que las tetas femeninas son objetos sexuales pero las tetas masculinas no? 

La sociedad decide sobre el cuerpo de las mujeres, imponiendo sus reglas, su disciplina, sus mandamientos.

Si se considera que las tetas de las mujeres son objetos sexuales y eróticos, entonces se debe pensar lo mismo de las tetas de los varones. Y si se considera que es indecente que las mujeres enseñen sus pechos, entonces debería considerarse lo mismo para los pechos de los varones.

Pero no: un pezón femenino es censurado por las redes sociales, incluso cuando se muestran en su primera y principal función: alimentar al bebé. Los pezones masculinos, en cambio, se exhiben en absolutamente todos lados, no solamente carteles, tele y publicidades, sino también en los parques, las playas e incluso las calles. Ellos sí son libres de usar su cuerpo como se les canta.

Y si se sacan la remera en plena calle, nadie les dirá que buscan ser violados. Y ninguna mujer se les abalanzará para tocarles el pecho.

  • ¿Para el placer masculino sí está bien mostrar las tetas?
Ahora bien, eso de que las mujeres deben tapar sus tetas es muy relativo: extrañamente, a nadie les molesta que la desnudez femenina se exhiba en carteles, tele, películas, publicidades, para vender cualquier tipo de producto o para excitar a los varones.

O sea, sí se puede mostrar los pechos femeninos, pero solamente si sirven para el deseo masculino, si lo deciden los varones, y en las circunstancias en que ellos lo deciden.

Lo que aquí está en juego es la libertad, para las mujeres, de usar su propio cuerpo como mejor les parezca: eso sí que no es aceptable. Esta libertad sí hay que taparla.

Teta exhibida si y solo si es para placer de los varones: tetas lindas, jóvenes, perfectas y objetos de deseo.

Pero si las tetas se vuelven expresión de una libertad, de una reivindicación política (como las usan las Femen), si las tetas exhibidas no cumplen con las normas machistas impuestas (tetas lindas, jóvenes, erguidas), si las mujeres las usan libremente, entonces se tienen que ocultar.

Las tetas se pueden mostrar en toda clase de soporte sólo si el sistema patriarcal así lo decide. Cuando lo deciden las propias mujeres es cuando surge el problema y cuando se quiere disciplinar el cuerpo de las mujeres y coartar su libertad de decidir sobre su cuerpo.

El chico del final del video de la intervención de la policía en la playa (que, de hecho, andaba con sus tetas al aire sin que se le moviera un pelo) ¿se indignará de la misma manera y con tanta vehemencia cuando ve tetas en los programas de televisión?
  • ¿Por qué entonces las feministas se indignaron con el concurso "Cola Reef" si ahora quieren mostrar sus tetas?
Pues precisamente por lo anterior.

La desnudez femenina puede ser una señal de rebelión, de libertad, cuando quieren hacer del cuerpo un objeto de pecado que tiene que ser ocultado a toda costa. No hace tanto tiempo, en los países occidentales, las propias feministas reivindicaban poder mostrar su cuerpo en libertad. La minifalda era un símbolo de liberación luego de años de puritanismo y censura.

De hecho, cuando las feministas despotrican contra la desnudez de las mujeres en la televisión o las publicidades, se las tacha de puritanas que quieren volver a cierto orden moral, donde había que ocultar los cuerpos.

Por eso hablo de "la contradicción de la teta": por un lado, las feministas se indignan cuando se exhiben las tetas de las mujeres. Pero también se indignan cuando las quieren tapar.

¿Gataflorismo?

Pues no. En realidad, no hay tanta contradicción.

Una cosa es el mandato social sobre el erotismo, que siempre concierne a las mujeres (son sus cuerpos los que son considerados eróticos, no el de los varones). Otra, la libertad de andar como mejor se nos cante.

Una cosa es la objetivización de las mujeres como en concursos de belleza o de la "mejor cola del verano", en que se nos muestra como objetos sexuales a disposición de los varones. Y otra, muy distinta, es nuestro derecho sobre nuestros propios cuerpos y lo que nosotras decidimos hacer con nuestro cuerpo.

Las feministas se rebelan contra el hecho de que se muestren las tetas de las mujeres como objeto sexual para regodeo de los varones, objetivizándolas, sí. Y también reivindican el derecho de decidir cuándo, dónde y cómo enseñar sus pechos si quieren, con la misma libertad de la que gozan los varones. Y no hay nada contradictorio en ello.

La contradicción está en esta sociedad que considera genial enseñar las tetas cuando es para el placer masculino, pero considera que está mal enseñarlas cuando son las propias mujeres las que deciden hacerlo.

En Nueva York, una ordenanza permite desde 1992 andar con el torso desnudo en la vía pública. En nombre de la igualdad entre lxs ciudadanxs, esto vale tanto para varones como para mujeres. Cuando, hace unos años, policías quisieron multar a mujeres que estaban tomando sol con el pecho desnudo en Central Park, ellas denunciaron el hecho. Y se volvió a establecer que, si se permite a los varones andar con el pecho desnudo, no hay absolutamente ninguna razón por la cual no se debe permitir lo mismo a las mujeres.

Pero en Argentina, estamos muy lejos de eso. Y hasta para un video explicando qué hay que hacer para detectar el cáncer de mama se censuran las tetas, y únicamente las tetas femeninas:



  • Pero si los varones se excitan viendo tetas, ¿no va a haber más agresiones sexuales?
De nuevo, eso de que "los varones se excitan viendo tetas" es muy relativo. Incluso entre los heterosexuales,

Primero, se puede ser varón y no ser un animal en celo dispuesto a cogerse a cada hembra que pase. Si hay agresiones sexuales no es por la cantidad de carne que exhiben las mujeres (hay agresiones sexuales también en países en que las mujeres están obligadas a usar velo para salir a la calle), sino por la sociedad patriarcal que hace creer a los varones que las mujeres están a disposición de ellos (la famosa "cultura de la violación").

Segundo, el erotismo está íntimamente ligado a lo prohibido, lo oculto. Está comunmente aceptado que las tetas femeninas son "excitantes" y las tetas masculinas, no. Una gran diferencia entre unas y otras es que a las tetas femeninas hay que taparlas, cuando los varones andan con sus tetas al aire sin problema. Difícil sentir deseo por algo que está expuesto todo el tiempo.

En algunas sociedades indígenas, las mujeres andan con sus tetas al aire sin ningún problema. Es cultural, no natural.

Hay textos muy eróticos de siglos anteriores en los que varones se excitaban viendo un tobillo femenino. Al estar tapadas las mujeres del cuello a los pies, la sola visión de un tobillo desnudo provocaba sensaciones de mucha excitación para algunos varones.

Entonces claro, muchos varones piden a gritos que se sigan ocultando los pechos femeninos porque temen (con razón) perder ese deseo por las tetas femeninas si las mujeres pudieran mostrarlas cotidianamente como lo hacen los varones.

Eso del deseo, del erotismo, de lo oculto, es algo socialmente construido, para placer de los varones. Y los varones, con su indignación ante las tetas libres, reivindican su voluntad de querer seguir disciplinando el cuerpo de las mujeres, de querer seguir decidiendo lo que es excitante y lo que no.  

La hipersexualización del cuerpo de las mujeres es algo hecho para ellos, no para ellas. Las mujeres deberían poder vivir su cuerpo más libremente, sin estar pensando a cada rato que con él están excitando a los varones, que todo su cuerpo es un gran sexo andando.

Probablemente si las mujeres pudieran andar con el pecho desnudo como lo hacen los varones, se perdería mucha de esa "magia" de las tetas. Pero los únicos "perjudicados" serían los varones. Las mujeres estarían mucho más libres con sus cuerpos.
  • ¿Qué se puede hacer para luchar por nuestra libertad?
Para reivindicar el derecho de las mujeres a mostrar su cuerpo de la misma manera que lo hacen los varones, se convoca a un "tetazo" en el Obelisco el martes 7 de febrero a las 17 horas.

viernes, 8 de mayo de 2015

¿A la cárcel por un piropo?

En Argentina, desde el revuelo que causó el video que posteó una mujer, Aixa Rizzo, víctima de acoso callejero, tres proyectos de ley (uno nacional y dos de la Ciudad de Buenos Aires) han sido propuestos para castigar esta forma de hostigamiento sexual que padecen las mujeres todos los días.


 Muchxs pensaron que me alegraría la noticia, por la rabia que me dan los "piropos" proferidos por machos en celo en la vía pública.

Pues sí... y no.

En regla general, no estoy a favor de la represión, sino de la prevención y de la educación. Y en este caso, creo que la represión sin más no cambiaría gran cosa.

Las violaciones están reprimidas en casi todo el mundo, con penas de cárcel durísimas. La violación es considerado un crimen, y por ende, tan castigado como un asesinato, en muchísimos países.

En Argentina no existen estadísticas, pero sí en otros países. En Francia, se calcula que hay 75.000 violaciones por año. O sea, 200 mujeres son violadas todos los días, en un país considerado "civilizado".

Francia tiene 70 millones de habitantes. Si llevamos la proporción a Argentina, cosa estadísticamente poco feliz, pero digamos que sí se puede hacer, querría decir que en Argentina, se cometen 42.800 violaciones por año. Es decir que todos los días, a pesar de leyes durísimas, 117 mujeres son violadas todos los días.

Un avión por día de mujeres violadas.

Y más represión no sirve para bajar esos números. ¿Por qué? Porque todo, en esta sociedad, alienta a los varones a pensar que tienen un derecho sobre el cuerpo de las mujeres. Se llama "cultura de la violación". Los violadores no son monstruos sino "hijos sanos del patriarcado", que han incorporado el mandato social de ser dominantes, de pensar que las mujeres están ahí para ser miradas, tocadas, cuando a ellos les parezca. Esto lo explico mejor en esta entrada.

Con los mal llamados "piropos", pasa lo mismo. Desde que son niños, los varones aprenden a piropear. 

Películas, libros, políticxs, gobiernos, publicidades (aquí o aquí), hasta campañas dentro de centros comerciales les enseñan que "piropear", aún con guarangadas, es de macho de verdad. Hasta el  gobernador de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, dijo públicamente que a las mujeres les gustan los "piropos", incluso los subidos de tono.

¿Cómo pretender luego reprimir con multas o cárcel a los varones que cumplen con lo que siempre les enseñaron que está bien?

Si nadie les explica por qué está mal acosar a las mujeres en la calle, si nadie les dice que un "piropo" no es un cumplido, sino una forma de acoso y de agresión, ¿de qué sirve castigarlos?

Y eso, ¿se lo explicará el guardia de la cárcel, que debe pensar él mismo que "piropear" está bien y es un halago? ¿Quién se hará cargo de abrirles los ojos sobre la realidad del "piropo", quién les dirá que se trata de "acoso callejero"? ¿Quién les dirá exactamente por qué fueron castigados por algo a lo que toda su vida fueron, al contrario, alentados?

Sí se podría imaginar un castigo en forma de asistencia a un taller sobre violencia de género en que les expliquen por qué se considera que un "piropo" es una agresión, en qué forma parte de una cadena de agresión que va desde el "piropo" hasta la violación, en qué una cosa tiene que ver con la otra. Talleres que deberían ser llevados por organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres que tengan el background suficiente como para que sean realmente pedagógicos.

Sólo así, con educación, se podrá cambiar las mentalidades. 

Pero claro, también habría que educar a las familias para que expliquen a sus hijos que piropear es una agresión, y a sus hijas que no necesitan de la mirada masculina para sentirse plenas.

O sea: habría que derrumbar todo el sistema patriarcal. Buena suerte con eso.


jueves, 2 de octubre de 2014

Los hombres deben pagar la cena... y las mujeres abrirse de piernas

Ya es un clásico: cuando los varones se quejan de que el sexismo les afecta a ellos por igual, dan el ejemplo de quién paga la cena.

En efecto, en esta sociedad, se espera de los varones que sean ellos los que paguen la cena, el cine, las salidas. 

"¡Qué feminismo ni feminismo, si al final las mujeres pretenden que seamos nosotros los que paguemos todo!", lloran (comparando su desgracia con las violaciones, los acosos, las agresiones que sufrimos a diario).

Tienen razón y no tienen razón. En efecto, la mayoría de las mujeres, en todo caso en Argentina, esperan eso de los varones, y consideran que un varón que no pague o pague a medias es un desubicado, un maleducado, un grosero.

El tema es que no son "las mujeres" las que impusieron eso, y mucho menos las feministas, sino, nuevamente, la sociedad patriarcal. 

Aquella sociedad que hace de los varones los proveedores, y de las mujeres las que planchan sus camisas y limpian la caca de sus hijxs (aunque en el mundo real, las mujeres también trabajan, y algunos varones -muy pocos, como lo muestra este estudio del Indec- comparten el trabajo doméstico).

Aquella sociedad que establece los códigos dentro de los cuales varones y mujeres nos movemos sin haberlos elegido realmente.

Aquella sociedad que dice que un varón debe ser caballeroso, abrirle la puerta a una dama y dejarla pasar, caminar del lado de los autos en la vereda, y, claro está, pagarle la comida.

Aquella sociedad que discrimina a las mujeres en el campo laboral, les paga menos que a un varón, y luego, lógicamente, establece que el varón es el que tiene que pagar la cena.

Aquella que, de esa manera, sostiene a las mujeres en un estado de dependencia económica con respecto a los varones: quien tiene el dinero tiene el poder de decisión, o sea, el poder.

Y muchas mujeres creen que así se debe comportar un varón para respetar verdaderamente a una mujer, sin darse cuenta de que ese sistema las encierra en un rol de sumisión.

Esto se llama sexismo benevolente, un concepto que expliqué en otra entrada: cuanto más machista y violento con las mujeres es un país, más aceptado y deseado por las mujeres es el sexismo benevolente, porque, muy maltratadas a diario, buscan que las protejan, las cuiden, y el sexismo benevolente da precisamente la ilusión de proteger y cuidar a las mujeres.

¿Por qué digo que es una ilusión?

Porque el sexismo benevolente no es gratis. Un varón que le paga la cena a una mujer no lo hace de manera desinteresada. La idea es que si le abriste la puerta del taxi, le regalaste flores, la llevaste al cine y le pagaste la entrada y la cena, debe haber una retribución.

¿Qué tipo de retribución? Pues sexual, por supuesto.

Una mujer que no responda favorablemente (o sea, que no acepte tener una relación) a un hombre que le pagó el cine, el restaurante, etc., será tildada de malagradecida, de histérica.

Y así lo entendieron los que idearon este cartel visto en el centro comercial del Abasto:


El mensaje es claro, escrito en un tono conminativo: si él invita el cine, tú invita los besos. 

Y que no te quepa la menor duda: esto es lo que tenés que hacer, es tu obligación. ¿Te pagó la cena? ¡A la cama! ¿Te invitó al cine? ¡Poné el cuerpo!

Este cartel roza la violencia simbólica, naturalizando el hecho de que si él paga la cena, entonces la mujer debe retribuirle con besos (por no decir directamente con sexo).

Este cartel lo ven niñxs, adolescentes, a los que se presenta como normal que un varón pague y una mujer agradezca con besos. Y esto reproducirán más tarde, creyendo que así es cómo un varón (heterosexual, por supuesto) seduce a una mujer, cómo consigue sexo: pagando.

Hilando fino, es una justificación del sistema prostituyente: si pago, tengo derecho a tener acceso a tu cuerpo.

Y sino... ¿y sino qué? ¿Te violo?

Algo de eso hay. De hecho, si una mujer sale con un varón, luego no quiere acostarse con él y él la viola, siempre habrá gente para decir que "se lo buscó", "si aceptó salir con él, que se la banque", "si no quería acostarse con él, ¿para qué aceptó ir a cenar con él?

Los debates sobre la suerte de la pobre Melina Romero son un ejemplo de ello.

(Gracias V. por la foto)

sábado, 24 de mayo de 2014

La matanza de Santa Barbara:
la consecuencia de la cultura patriarcal

Elliot Rodger
Un joven de 22 años, frustrado de ser todavía virgen y por haber sido "rechazado" por las mujeres, mató en las calles de Santa Barbara (California) a seis personas, luego de filmarse anunciando que iba a vengarse de todas las mujeres. Fue descubierto luego muerto en su coche.

Esta matanza misógina es la consecuencia brutal del discurso masculinista, que agudiza la frustración de aquellos varones que no logran relacionarse con mujeres, y del machismo, que incita a los varones a ser "machos alfas" sexualmente activos muy temprano a toda costa, y a sentirse frustrados si no lo logran.

Los masculinistas, en efecto, suelen decir que las mujeres rechazan a los hombres "buenos", a los que colocan en la "friend zone", o sea, a los que consideran sólo como amigos, nunca como parejas sexuales potenciales, y sólo son seducidas por crápulas. Y pretenden que al final, para seducir a una mujer, hay que ser malo, tratarlas con desprecio, y algunos dan consejos sobre cómo tratar -mal- a las mujeres para conquistarlas. Es exactamente el discurso de este chico:
"No sé por qué ustedes las chicas no son atraidas por mí, pero las castigaré a todas por ello. Es una injusticia, un crimen, porque no sé qué no ven en mí. Soy el tipo perfecto, y sin embargo, se arrojan a los brazos de hombres repulsivos, en lugar de mí, el gentleman supremo. Las castigaré a todas por ello."
Básicamente, o te fijás en mí, o te mato. O me ves como un varón bien viril, fuerte y dominante, o te mato. Claro que este chico debía tener muchísimos problemas mentales para aplicar, en la realidad, esa estructura del "las mujeres deben estar sexualmente a mi disposición, o las mato, es un crimen que me rechacen".

Pero a estos extremos lleva la sociedad patriarcal, que obliga a los varones a ser seductores masivos, a tener mucho sexo siempre, a colocar su masculinidad, su honor, su orgullo, entre sus piernas, y en la cantidad de conquistas femeninas, y los lleva a negar el derecho de las mujeres a no darles bola.
"Durante los últimos 8 años de mi vida, desde que alcancé la pubertad, he tenido que soportar una existencia de soledad, rechazo y deseos incumplidos. Todo porque las chicas nunca han sido atraídas por mí".
"Todas esas mujeres que he deseado tanto, siempre me rechazaban y me miraban de arriba a abajo como un hombre inferior si les hacía una propuesta sexual, mientras se arrojaban a los brazos de esos brutos repulsivos. Sentiré mucho placer masacrándolas. Finalmente verán que en verdad soy superior. El verdadero macho alfa"
En esta sociedad, si un chico no logra tener sexo antes de los 22 años, es un perdedor. Un looser. Un maricón.

Y nadie, en la sociedad que lo rodeaba, fue capaz de abrirle los ojos sobre el machismo de la sociedad, nadie le dijo que lo que sentía era producto de mandatos sociales completamente alienantes e imposibles de alcanzar, nadie tuvo la sensatez de explicarle que un verdadero varón no se mide por la cantidad de sus conquistas sexuales, sino por valores como el respeto, la solidaridad, la generosidad.

Este chico, esta matanza, son la consecuencia directa de la sociedad patriarcal. Tomó al pie de la letra lo que el patriarcado (apoyado por los masculinistas) inculca a los varones: ser galanes, tener a todas las mujeres a sus pies, tener mucho sexo.

Hoy, son siete muertos. Mañana, una x cantidad de violaciones. 

¿Hasta cuándo vamos a seguir engendrando criminales?

(ojo, el contenido del video puede ser difícil de escuchar para personas sensibles)

jueves, 24 de abril de 2014

Respuesta a Mauricio Macri del Observatorio de Discriminación

Ante las denuncias hechas por la ciudadanía luego de las declaraciones misóginas de Mauricio Macri, el Observatorio de Discriminación en Radio y Televisión expresó su repudio:
El Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión expresa su más enérgico repudio a las declaraciones vertidas por el Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, en un programa radial de FM Masters de la ciudad de Ushuaia, Tierra del Fuego. 
En este marco el funcionario manifestó una serie de opiniones que promueven la acción del acoso callejero y la violencia contra las mujeres. Además deslegitima y anula la voz de las mujeres al hablar en representación de ellas: “En el fondo, a todas las mujeres les gusta que les digan un piropo; a aquellas que dicen que no, que ofende, no les creo nada. No hay nada más lindo que te digan ‘qué lindos ojos’, por más que esté acompañado de una grosería, como ‘qué lindo culo que tenés’ ”. 
Por otro lado, Mauricio Macri fundamenta sus dichos en la supuesta raíz italiana de la cultura argentina que explicaría este comportamiento: “Vos les preguntás a los escandinavos, a los ingleses, a las mujeres, y lo que más les gusta de los italianos es esa cosa, porque nosotros somos igual que los tanos, de españoles tenemos muy poco. Esta cosa de piropear, de mirar a la mujer”. Esta generalización errónea y de sentido común, refuerza modelos imaginarios de una homogeneidad eurocéntrica y niega la riqueza de los orígenes de la identidad nacional argentina, plural, mestiza y heterogénea: más del 60% de la población argentina tiene ascendencia de Pueblos Indígenas Originarios . (1) 
Cabe destacar que el periodista que lo entrevista no cuestiona estos conceptos sexistas. En este marco, señalamos que este espacio recibió múltiples reclamos de ciudadanos/as, por la naturalización de la violencia de género que conllevan las expresiones allí vertidas. 
Por tanto, este Observatorio sostiene que este tipo de declaraciones misóginas reproducen diversos aspectos de la violencia contra las mujeres, en especial en las modalidades simbólica y mediática definidas por le Ley Nº 26.485 de Protección Integral de las Mujeres; a la vez que atentan contra diversos avances reconocidos por distintas normas que en materia de derechos hacia las mujeres se han alcanzado en los últimos años. 
Notas
(1) Según un estudio de 2009 realizado por investigadores/as del CONICET y de la UBA, el 63,1 % de la población argentina tiene ascendencia amerindia.

Ahora, ¿Macri pidió disculpas por su misoginia? Dijo:
"Una de mis hijas me llamó y me retó por el tema de los piropos. Hice un comentario desde la galanterí­a. Pido perdón a quienes ofendí."
O sea, no se disculpó nada: justificó su machismo por... más machismo... La galantería es otra expresión de machismo que las mujeres tampoco piden. Las mujeres pedimos respeto, no galanteria.

martes, 22 de abril de 2014

Mauricio Macri, acosador confeso de mujeres

El jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, reconoció que acosa sexualmente a las mujeres en la calle gritándoles cosas.

Además, desoyendo los reclamos de miles de mujeres que exigen que se les deje de agredir en la calle e ignorando el estudio que salió la semana pasada que indica que el 60% de las mujeres se sienten incómodas, intimidadas e incluso violentadas por los "piropos", las tildó, lisa y llanamente, de mentirosas:
"En el fondo, a todas las mujeres les gustan que les digan un piropo. Aquellas que dicen que no, que se ofenden, no les creo nada."
Y remató:
"No puede haber nada más lindo que te digan que lindos ojos..., por más que esté acompañado de una grosería, que te digan qué lindo culo que tenés, está todo bien."
Está todo bien... ¿para quién exactamente? ¿Para la mujer que se siente violentada con una mirada cosificadora? 

Con esta última frase, Macri confirma además que no hay ninguna diferencia entre un piropo "lindo" y una grosería. Para los varones acosadores, la intención es exactamente la misma: poner a las mujeres en un lugar de objeto sexual a disposición de la mirada y del goce masculinos.

Se puede escuchar la nota completa que le hicieron en FM Masters de Ushuaia en esa nota de Clarín.

Pido enfáticamente que se denuncie a Mauricio Macri ante el Observatorio de Discriminación en Radio y Televisión por reivindicar el acoso callejero y las agresiones verbales contra las mujeres.

viernes, 11 de abril de 2014

A las mujeres les gustan los piropos

Esta es una de las respuestas más comunes cuando despotrico contra los mal llamados "piropos", que no son otra cosa que acoso callejero: a las mujeres les gusta que le digan cosas por la calle.

Y, agregan los que saben mejor que nadie lo que les gusta a las mujeres, lo que les molesta a ellas son los piropos subidos de tono, pero si es con respeto, se vuelvan locas por que les susurran palabras dulces.

Hete aquí un estudio del Programa de Opinión Pública de la Facultad de Psicología y Relaciones Humanas de la Universidad Abierta Interamericana (UAI), realizado con ocasión de la Semana Internacional contra el Acoso Callejero que demostró que:

- Al 72,4% de las mujeres consultadas les habían silbado, gritado o deslizado palabras vulgares mientras transitaban por la calle en los últimos tiempos.

- El 59,2% de ellas dijeron sentirse incómodas, intimidadas e incluso violentadas por este tipo de práctica.

- El 6,6% de los hombres consultados reconoció utilizar este método, que consideran "halagador" (parece que el acoso callejero nos lo inventamos nosotras: nadie se hace cargo).

- De ese 6%, el 57,1% cree que a las mujeres "les gusta" recibir este tipo de manifestaciones (seeee, decime puta que me encanta).

- El 56% de las mujeres expresaron que si ven a un grupo grande de hombres, cruzan la calle.

- El 42,9% sienten temor a la hora de caminar solas.

- El 86,6% consideró que habría que prohibir el acoso callejero por ley.

Todo, porque los varones "piropeadores" no se cuestionan absolutamente NADA, y tienen cero intención de cambiar su manera de actuar. 

¿Sentirse responsables de que las mujeres estén cagadas de miedo al salir a la calle? ¿Pensar que por ellos, las mujeres tenemos que elaborar estrategias de vestimenta, recorrido, actitud, comportamiento, para esquivar miradas, silbidos "piropos", agresiones? ¿Pensar que son el número quince del día y que es la repetición de los hechos que los hacen tan insoportables y que nos sentimos agredidas hasta con un "hola, bonita" al final del día?

O sea, ¿cuestionarse y cambiar su comportamiento? Naaaa, eso es para los débiles, para los maricones, nosotros somos machos y nos la bancamos... aunque no tenemos el coraje de admitir que acosamos a las mujeres en la calle.

Aquí algunos ejemplos elaborados por la campaña Acción Respeto: por una calle libre de acoso. Esto, en Argentina, es cotidiano. Y agregaría uno súper tierno que me contó alguien hace poco, de cuando estaba embarazada:

Te haría un aborto con la pija... puta...

lunes, 10 de marzo de 2014

Alto Palermo, acosador oficial de mujeres

Leí una nota en el Diario Veloz, y lo primero que pensé es que era un chiste, así que fui a verificar por mis propios ojos. 

Pero era cierto nomás: para "homenajear" a las mujeres en su "día", el centro comercial Alto Palermo instaló una tarima simulando una obra, en la que actores disfrazados de obreros se dedican a "piropear" a todas las clientas que pasan.

Stand de "Hombres piropeando" en el shopping Alto Palermo
Hoy fui directamente al lugar, y efectivamente, allí está un cartel de "hombres piropeando", y unos hermosos y musculosos varones me largaron un piropo relacionado con el shopping, por el que casi me ahogo de la indignación.

Empecé a charlar con los actores, que en un principio, defendieron su trabajo (lo cual me parece normal) con el libreto de la empresa: que se trata de "homenajear" a las mujeres por su "belleza" y de "enaltecerlas" con comentarios "agradables" y "nunca faltándoles el respeto".

Querían a toda costa hacer la diferencia entre un "piropo lindo" y una guarangada. Me aseguraban que al 90% de las mujeres les gustaba la escenografía armada y se sentían halagadas.

Pasé entonces a explicarles lo que me mato explicando aquí:

- que no importa si un "piropo" de un desconocido en la calle es "lindo" o guarango: se trata de la consideracion de un varón sobre el cuerpo de una mujer, que es rebajada al rango de teta-culo-vagina, de objeto de deseo a disposición de los varones; O sea, la intención es la misma entre uno y otro;

- que el acto de "piropear" es una forma de acoso sexual, que de hecho está penado por la ley en Bélgica;

- que les creo que al 90% de las mujeres les gusta, porque las mujeres fueron criadas para necesitar la mirada de los varones para sentirse existir. Las criaron para ser princesitas lindas para las que la apariencia lo es todo. Si no les dicen nada sobre su apariencia, se sienten ser la nada misma. Pero no por ello la situación deja de ser machista;

- que el "piropeador" no tiene consciencia de que está acosando a una mujer, sobre todo si dice un piropo "lindo", porque a los varones también se les educa para decirles cosas a las chicas en la calle, para ser sujetos activos que tienen que hacer comentarios sobre el cuerpo de las mujeres para demostrar su virilidad. O sea, el "piropeador" también es la consecuencia de un sistema del que no es directamente responsable. Pero no por ello la situación deja de ser machista;

- que justamente las empresas tienen una responsabilidad ética y no deben perpetuar estereotipos de género, machismo o discriminación alguna, y que esta propaganda, como todas las de Alto Palermo (ver al respecto una entrada mía aquí, y una nota en la revista Damasco aquí), es machista y discriminatoria de aquí a la China.

A medida que les explicaba todo eso, algunos actores (que evidentemente no tienen la culpa de todo eso, ellos sólo son empleados que cumplen con un papel) empezaron a admitir que sus novias/esposas/amigas también se quejaban de los "piropos", que si bien la mayoría de las mujeres que pasan por el stand se sienten halagadas por sus comentarios, ellos también han recibido desde palabras de indignación hasta insultos, que algunas mujeres les dijeron que "homenajear" de esa forma a las mujeres en un día que es de lucha por sus derechos y contra el machismo era algo cínico, y que finalmente, pensándolo bien, a lo mejor, era posible entender que usar el símbolo de un acoso no era una muy buena idea para un 8 de marzo, pero que los responsables del Alto Palermo probablemente no pensaron en todo eso a la hora de idear esa campaña.

Y bueno, es hora de que piensen. No puede ser que sigamos ninguneadas a ese punto por empresas publicitarias que, a pesar de las denuncias, siguen insistiendo en el machismo más abyecto.

¿Cuál es el siguiente paso? Como sugirió una amiga, ¿una performance de un subte en hora pico con un montón de señores que te apoyan? Después de todo, ¿no era lo que proponía una marca de cerveza que mostraba el "roce" en el autobús como una picardía de varón inmaduro?

Como siempre digo, entre un "piropo" y una agresión sexual, hay una cuestión de grados, pero no de naturaleza. En ambos casos, se trata de un varón que se cree el derecho de imponer su punto de vista (verbal en un caso, físico en otro) sobre una mujer desconocida que no pidió nada a nadie y sólo pretende caminar tranquila por la vía pública.

Ya se habló lo suficiente del "piropo" como acoso callejero como para que lxs publicitarixs dejen de hacerse lxs imbéciles que creen genuinamente que "piropear" es un halago.

Los actores en el stand del shopping Alto Palermo.
Y si lo siguen sin entender, siguiendo el enlace aquí podrán leer todas mis entradas sobre el tema.

Edit: para expresar su repudio, tres opciones:

miércoles, 12 de junio de 2013

Todxs somos responsables del asesinato
de Ángeles Rawson

En estos días, Argentina está conmocionada tras el descubrimiento del cadáver de una adolescente de 16 años, Ángeles Rawson, en un basural, con signos de haber sido violada y estrangulada, un día después de que su familia señalara su desaparición.

Todxs se elevan, por supuesto, contra este horrendo crimen, y reclaman justicia.

Pero la mayoría, su padre incluido, lo atribuyen a la "inseguridad" en las calles del país, a la corrupción, y más generalmente, a la inoperancia del gobierno de Cristina Fernández. "Hay que ser responsable a la hora de votar y acordarnos de todo esto a la hora de votar", dijo Franklin Rawson por la radio.

Pero Ángeles Rawson no fue víctima de circunstancias socio-político-económicas particulares. No fue víctima de políticas de seguridad mal llevadas. No fue víctima de la pobreza o de la miseria. 

Ángeles Rawson no fue víctima de la "ola de inseguridad".

Ángeles Rawson fue víctima de nosotrxs mismxs. Víctima de una sociedad patriarcal que otorga a los varones poder sobre las mujeres. Víctima de la dominación masculina todavía vigente, y que nos negamos a ver, prefiriendo atribuir este crimen a un "enfermo" o un "monstruo".


Ver al violador y asesino de Ángeles como un enfermo es eximirlo de culpa. A un enfermo no se lo encierra en una cárcel: se lo pone en un psiquiátrico para tratar de curarlo.

Pero además, verlo como un enfermo, alguien fuera de las normas, fuera "de sí", fuera del mundo "normal", nos exime a nosotrxs de la responsabilidad, como sociedad, en la fabricación de varones violentos, golpeadores, acosadores, violadores, asesinos de mujeres.

El asesino de Ángeles Rawson no es ningún enfermo. Es el resultado de una sociedad que enseña a sus niños que el cuerpo de las mujeres es un bien de consumo, está a su disposición, y sólo hace falta que se acerquen para usarlo.

Una sociedad que se ríe con ternura cuando ve a un niño levantar la falda de una niña, sin explicarle jamás la noción de consentimiento y sin hacerle entender que esto está mal.

Una sociedad que usa el cuerpo desnudo de las mujeres para vender desde un jabón hasta un auto, mostrando a lxs niñxs que el cuerpo de las mujeres está ahí, disponible para todxs, y en particular para los varones.

Una sociedad que eleva el "piropo" al rango de halago en lugar de verlo como un acoso y una agresión.

Una sociedad que no entiende que entre un "piropo" y lo que le pasó a esta pobre muchacha, sólo hay una cuestión de grados, no de naturaleza. 

Una sociedad que no entiende que el mismo mecanismo que da permiso a los varones a decirle a una chica en la calle "chupámela toda" o "qué linda que sos, mamita", es el que le da permiso para violar y matar: este cuerpo es mío porque es mujer y soy varón.

Somos capaces de ver en una violación un acto de dominación masculina, de atribuirla a la violencia de género. Pero no somos capaces de entender que el acoso callejero y la violación parten de la misma base, la que otorga a los varones el derecho de opinar, actuar, apropiarse del cuerpo y la intimidad de las mujeres.

Ni un "piropeador" ni un violador son monstruos. Ambos aplican de manera muy obediente el discurso patriarcal y la educación recibida a través de todas las instancias sociabilizadoras. La única diferencia es cuán lejos llega cada uno.

La violencia de género no entiende de gobiernos, de política, ni siquiera de países. Este mismo tipo de violencia ocurre en el resto de América Latina, en Estados Unidos, en Canadá, en España, en Francia, en Inglaterra, en Italia... por hablar solamente de los países occidentales.

Y esto seguirá ocurriendo mientras eduquemos a nuestrxs hijxs con estereotipos de género, chistes sexistas, publicidades sexistas, lenguaje sexista, acoso callejero, que alientan a pensar que, de cierto modo, el cuerpo de las mujeres pertenece al ámbito público, y que existe una dicotomía santa/puta que protege a las virtuosas y condena a "las otras".

Por eso mismo este crimen es tan inaceptable para muchxs. Hay que escuchar decir que Ángeles era "una chica bien", "un ángel", como si ser una atorranta justificara que la violen y maten salvajemente.

Por más que Ángeles hubiera sido la última de las putas, su crimen habría sido igual de horrendo, de espantoso, de condenable.

Extrañamente, cuando violan y asesinan a putas, nadie sale a la calle a reclamar por justicia ni se moviliza en las redes sociales para condenar el crimen. Y eso que ha ocurrido, mucho más de lo que creemos.

Porque tenemos integrada la idea de que una mujer tiene que ser una santa si quiere ser respetada.

El machismo está dentro de nosotrxs. De todxs nosotrxs. El solo hecho de indignarnos tan masivamente ante este horrible crimen, y no ante el de mujeres menos "virtuosas", muestra que, como sociedad, somos parte del mismo mecanismo que llevó a la muerte de Ángeles Rawson.

El feminismo, que lucha contra estos estereotipos, nunca ha matado a nadie.

El machismo mata TODOS los días. Y seguirá matando mientras no derribemos al patriarcado.

viernes, 10 de febrero de 2012

¡Loca de mierda!

Simplemente genial. Una visión muy acertada de lo que nos pasa a muchas mujeres cuando nos dicen piropos nos acosan en la calle.


PIROPOS from cualca! on Vimeo.

La argentina Malena Pichot empezó teniendo un blog llamado La loca de mierda. Subía videos en la web, en los que relataba sus vivencias, las de una joven en un departamento del barrio de Caballito, luego de una separación. Cuenta que al principio, fue solamente una manera de canalizar su tristeza y su depresión.

El tema es que sus videos empezaron a ser un fenómeno tal, que MTV la contrató para subir allí sus minivideos.

En You Tube se pueden ver varios de ellos, que son claramente feministas, aunque un feminismo, digamos... aggiornado para poder ser aceptado por la tremendamente machista sociedad argentina. A mí, en todo caso, la Loca de Mierda me hace morirme de la risa.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Las mujeres y los piropos, de víctimas a victimarias

Sigo con otro documento sobre acoso callejero, "piropos" y demás comentarios sexistas que, se supone, deben halagarnos.

Su autora es Diana Maffía, doctora en filosofía, diputada de la Ciudad de Buenos Aires (por el ARI, 2007-2011), investigadora y autora de muchas publicaciones.

Escribió una ponencia para un congreso sobre "Violencia, maltrato y abuso: víctimas y victimarios" que tuvo lugar el 10 al 12 de noviembre pasado en Buenos Aires. La idea, explicó era "mostrar cómo el patriarcado nos desplaza del lugar de víctimas al de victimarias cuando se trata de violencia simbólica".

Es un poco largo, pero vale la pena leerlo completo. Lo pueden copiar donde quieran, siempre citando la fuente (lo subrayado en negrita lo hice yo).

Chistes, piropos y minués: las estrategias del macho acorralado 
Diana Maffía 
Definitivamente, las feministas somos unas amargas. Vemos machismo, patriarcado, androcentrismo, homofobia, lesbofobia, transfobia y violencia incluso en las situaciones más divertidas. Eso nos pone en un raro lugar: somos víctimas de permanentes ataques simbólicos, y a la vez victimarias por arruinar con nuestras respuestas destempladas las situaciones que gran parte de la sociedad considera entretenidas, glamorosas, seductoras, caballerescas, románticas y hasta corteses. Y lo peor de la confusión es que como pertenecemos a esa misma sociedad, tales situaciones también tienen eficacia simbólica sobre nosotras, también nos reímos y emocionamos con ellas; sólo que un Pepe Grillo feminista nos susurra al oído permanentes advertencias analíticas para que no caigamos en la trampa, para que no seamos literales, para que no sonriamos amablemente –como es de esperar- a los gestos corteses.
 “¿Qué quieren las mujeres?” se preguntaba Freud, y el error de nosotras era estar expectantes a su respuesta. Mi propuesta de hoy es muy modesta. Contar algunas anécdotas, señalar algunas situaciones que encienden mi alarma, procurar tímidamente un puente comunicativo para hacer grietas en los implícitos sociales y generar vínculos que no lesionen con su reiteración a ningunx de lxs participantes en ellos.
Cuando inicié la carrera de filosofía, un profesor llamado Adolfo Carpio me dijo: “¿qué hace usted acá, no sabe que las mujeres no pueden hacer filosofía? Tiene lindos ojos, aprenda repostería y búsquese un novio”. Me ubicaba así en una disyuntiva común a muchas mujeres profesionales: o carrera o familia. La filosofía era un sacerdocio que requería no ocuparse del trajín de la vida cotidiana, por eso era para varones, que como todo el mundo sabe vienen equipados con mujeres que se dedican a las tareas de reproducción y cuidado, entonces ellos no deben renunciar a nada que les corresponda para dedicarse a la vida contemplativa. Esta deliberación es objeto de muchas indagaciones feministas, de excelente nivel, que ponen eje en el quiebre subjetivo de las mujeres que deciden innovar. Como ejemplo diré que en una investigación sobre carreras científicas de varones y mujeres, encontramos como dato significativo que el 25% de los investigadores superiores del Conicet eran solteros (su carrera era un sacerdocio) pero esa cifra trepaba al 75% en las mujeres, además de tener muchas menos oportunidades de llegar a la cima. 
Muchos años después, ya doctorada y con el permanente esfuerzo de equilibrar familia y trabajo, ocupo la cátedra que fue de Carpio. Últimamente he pensado si no será un gozo enfermizo estar en este lugar, si fue una aspiración verdadera o movida por el desafío y la revancha. Y eso me lleva a reflexionar sobre los deseos de las mujeres y su concepto de éxito. Tenemos paradigmas que producen indicadores precisos de lo que la sociedad reconoce como éxito personal y profesional, y el costo subjetivo de esos indicadores para las mujeres es doble: si acompañan a un varón exitoso, es posible que tengan a su cargo la parte menos glamorosa de ese éxito vicario; si ellas mismas lo son, es posible que alcanzada la meta no encuentren la felicidad prometida sino una incomprensible insatisfacción. Para las innovadoras, que decidimos desafiar la dicotomía conciliando familia y profesión, la culpa de no alcanzar el ideal de perfección en ninguno de los roles (que obviamente requieren la renuncia al otro) es permanente. 
Asi las cosas, claro, no estamos para chistes. Sin embargo nos hacen chistes! Cuando me recibí, el profesor Eduardo Rabossi me felicitó haciéndome el extraño homenaje de contarme un chiste, precisamente este: Un hombre decide contratar una prostituta. Va a su departamento y encuentra que entre los previsibles adornos sugerentes había una pequeña biblioteca. Se acerca curioso y ve en ella libros de Kant, de Hegel, de Wittgenstein… Toma uno de ellos y ve que está subrayado y con acotaciones manuscritas. Le pregunta de quién son esos libros y la prostituta contesta que son de ella, que es filósofa. El hombre, extrañado, le pregunta cómo siendo filósofa trabaja de prostituta, y ella le contesta: “tuve suerte”. Fin del chiste. No me reí. Quedé como una amarga con mi profesor de derechos humanos. 
Una brillante alumna mía, muy linda, terminó su carrera y no logró una beca o una plaza docente para comenzar a trabajar. Terminó de mesera en un restaurante muy caro de Puerto Madero, en plena era menemista, al que concurrían políticos y empresarios favorecidos por el gobierno (dicho sea de paso, algunos siguen concurriendo y siguen siendo favorecidos, pero ese es otro tema). Uno de los clientes en particular era muy pesado, con comentarios subidos de tono sobre su aspecto físico dichos a los gritos y festejados por sus contertulios. Un día mi alumna decidió contestarle con una frase de Nietszche. El diputado, sorprendido, le preguntó de dónde había sacado eso y ella le dijo que era filósofa. La pregunta fue inmediata: “¿y qué hacés trabajando aquí?”, y la respuesta de ella también: “esta es la Argentina en la que vivo, yo soy mesera y usted es diputado”. Los contertulios festejaron el chiste, el político no se rió, ella sintió una satisfacción interior que duró poco porque ese mismo día la echaron de su trabajo por hacer comentarios indecorosos a los clientes. 
¿Podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos ponen como objeto pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos, cuando todo el sistema opera contra nuestra vivencia de esas situaciones? La observación rompe un código, a veces violentamente, y entonces pasamos de víctimas a victimarias. A veces ni siquiera tenemos la oportunidad de intervenir, porque la frase se refiere a nosotras pero se pronuncia entre machos en un intercambio que nos excluye y que tiene que ver con el derecho de propiedad. Porque como decía Locke en “Dos Tratados sobre el Gobierno”, para justificar filosóficamente la necesidad del pacto social que dio origen al Estado Liberal Moderno, la violencia entre los seres humanos es consecuencia de la lucha por la propiedad; y hay dos cosas que producen el máximo conflicto entre los seres humanos: la propiedad de la tierra y la propiedad de las mujeres. El pacto social, precedido del pacto sexual, reguló ambas propiedades dando origen a la familia nuclear y garantizando así la legitimidad de la progenie para cuidar la herencia en la acumulación de capital. 
Los ambientes ilustrados no están libres de estos métodos disciplinadores del lugar de las mujeres. Cuando finalizaba la dictadura, comenzamos en la UBA un movimiento de estudiantes y graduados que permitiera recuperar las autoridades legítimas una vez alcanzada la democracia. Se creó así una Asociación de Graduados que hizo su primera elección. Los candidatos a presidirla éramos Silvio Maresca, un filósofo muy ligado a la política del peronismo , y yo, una pichi. Inesperadamente gané esa elección, y entonces Silvio le dijo a mi marido, también graduado en filosofía: “te felicito, ahora tenés una mujer pública”. No me lo dijo a mí, se lo dijo a él, que recibió así la advertencia de que un hombre que deja que su mujer circule por los espacios de poder de la política debe aceptar que reciba el calificativo con el que se describe a una prostituta: una mujer pública, una mujer de la calle, una mujer que no es de su casa y por eso ha renunciado a ser de un hombre para estar disponible para cualquier hombre. 
Y así seguramente se lo enseñan a los hombres. Los cuerpos que circulan en la calle son cuerpos disponibles, y si no dan señales inequívocas de recato son cuerpos abordables sin permiso por el solo hecho de estar allí. Abordables físicamente y simbólicamente, con manoseos o con pretendidos piropos que nos ponen en situación de presa y a ellos en situación de dominio. 
Salgo de mi casa un día de lluvia para un acto protocolar a la mañana, vestida con más cuidado que de costumbre. En la vereda hay un hombre acostado sobre unos cartones, totalmente borracho, harapiento que daba pena, y cuando paso me dice: “te haría cualquier cosa”. Ese hombre que no podia ni siquiera ponerse en pie, abandonado de todo, no había perdido sin embargo su poder patriarcal sobre mí, su poder de incomodarme y ubicarme en una situación pasiva que sólo podía ser respondida de modo desagradable o cambiando el código. Otras veces lo he hecho, ante ese habitual comentario “decime qué querés que te haga, mamita” pararme, mirarlo y decir: “recordame el teorema de Göedel”, o “recitame la Odisea en griego”. La respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la violenta soy yo. 
Los comentarios sobre nuestro aspecto físico nos desvían de nuestro lugar de interlocutoras a objeto. Incluso cuando pretenden ser amables nos están sacando de la relevancia del argumento para poner de relevancia nuestro cuerpo sexuado. A veces la violencia es más explícita, y cuesta menos verla. En una manifestación docente donde hay represión policial encuentro a un diputado kirchnerista con sus asesores. Me pregunta con ironía qué hago allí, y yo le digo qué hace él que no está procurando que su gobierno no reprima la protesta social. El, molesto y bajando un poco la mirada de mi cara me dice “¿por qué te pusiste ese escote?”, sus compañeros se ríen, yo le repregunto “¿qué te pasa, extrañás a tu mamá?”, sus compañeros se ríen más. La violenta soy yo que lo pongo en ridículo ante sus subordinados. 
Otras veces el comentario es menos burdo, y simplemente nos retrae del lugar donde nos habíamos instalado. En una sesión legislativa salgo de mi banca y me acerco a un diputado del hemiciclo opuesto para reprocharle uno de los mil modos de mala praxis legislativa que acostumbran. Mientras le estoy diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: “ahora que te veo de cerca, qué lindos ojos tenés”. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en lo que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su observación gentil? Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el comentario desubicado y quedo como una amarga. La víctima es él: dijo algo agradable y se encontró con mi respuesta destemplada. 
La filósofa mexicana Graciela Hierro, especialista en ética feminista, nos advertía sobre estos modos que toma el patriarcado para imponerse a los que llamaba “el trato galante”. Socialmente aparecen como un signo de caballerosidad, pero nos ubican en un papel de debilidad, de objeto de tutela, de incapacidad, de pasividad superlativa. Los usos sociales están llenos de mandatos que los varones pueden tomar como lo que se espera de ellos, y muchas mujeres como signos de protección masculina.  
Mañana se cumplen 60 años del voto femenino. Quizás sea oportuno recordar que hasta ese momento el código civil nos ponía con los incapaces, los presos, los dementes y los proxenetas para fundamentar nuestras ineptitudes para la política. Cuando luego de muchos años de lucha del socialismo feminista, y por expresa voluntad de Eva Perón, la ley de sufragio femenino finalmente llega a un recinto formado exclusivamente por varones, los argumentos en contra cubrieron  todo el arco: desde señalar la natural incapacidad de las mujeres para la vida pública, a decir que ibamos a votar lo que nos dijera el cura y la iglesia iba a aumentar así su poder político, o ensalzar las más altas virtudes femeninas que nos destinan a la excelsa tarea divina de cuidar a nuestras crías (lo que logicamente está reñido con la disputa electoral), o describir la politica como un pantano donde no debería posarse el delicado pie que cual pétalo de rosa sostiene nuestra gracia, y como último recurso generar pánico recordando que nos volvemos locas una vez por mes y así existía la alta probabilidad de que en ese estado de enajenación temporal una cuarta parte de nosotras esté a la vez menstruando y decidiendo los destinos de la patria. 
Para esos patriarcas de la democracia, que ya contaba con una “ley del voto universal y obligatorio” que no sólo nos excluía del universal sino que no registraba siquiera la exclusión, eso éramos las mujeres. Ellos sí tenían una respuesta, no como Freud que nos dejó esperando. 
Procurando hacer un ejercicio de empatía, comprender cuál es la reacción de quien tiene esta visión de las mujeres ante los avances que el feminismo nos ha procurado en tantos órdenes de la vida, pienso que hay una percepción de cierta masculinidad de estar en retroceso. Una vivencia del poder sustancial y del territorio que torna amenazante el ingreso de las mujeres a las
instituciones y a la vida pública, todavía ahora. La pérdida del monopolio de la palabra no alcanza para abrir el diálogo. El diálogo tiene condiciones lógicas, semánticas, éticas y políticas, no se trata de hablar por turno y menos aún de arrebatar el micrófono. Y ni hablar si se usan dos micrófonos, como hace la presidenta desde el atril! 
Eso es lo que llamo “el síndrome del macho acorralado”, que es victimario violento y a la vez víctima, que me desvela cuando pienso en las formas de lograr una sociedad incluyente de verdad, y que me inspira para decir toda vez que puedo a modo de letanía pedagógica que “cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede”.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Muy buena nota de humor sobre el acoso callejero


Me gusta particularmente el último párrafo. Siempre me asombró que los varones se quejaran de que las mujeres hablamos de tamaño, provocándoles inseguridades y complejos, como si nosotras no sufriéramos constantemente de la comparación con los cuerpos de otras mujeres. Cada vez que se muestra a una mujer en pelotas en un comercial, nos echan en cara cuán imperfectas somos con nuestros cuerpos sin photoshop. Recuerdo en particular un ex mío, que se la pasaba hablando de los pechos de sus ex, pero que se quedó súper traumado cuando empecé a hablar del pene de mis ex... Imagínense si los comerciales mostraran varones con pitos enormes... Ahí sí se podrían quejar de la dictadura del tamaño...
Muchachos, aflojen con las tetas 
El varón argentino tiene cierta debilidad por las glándulas mamarias femeninas, tal como lo comprueba en estos días de calorcito nuestra columnista. De lo difícil que es ser mujer en un mundo de hombres babosos.
Por Mariana Enriquez 
Hace calor y tengo que andar con guardaespaldas. Sucede que, a juzgar por las reacciones que recolecto en la vía pública, el hombre porteño no está acostumbrado a ver un par de tetas. Es la única explicación que le encuentro a lo que ocurre cada vez que salgo a la calle. Me explico: yo no tengo las tetas de Virginia Gallardo. Tengo tetas de mujer normal. No son pequeñas, son lindas, pero de ninguna manera estamos hablando de una situación macromamaria. Y el resto de mi cuerpo y mi cara no son los de Luisana Lopilato: soy una mujer grande. No obstante, no puedo caminar sin que se me arrojen –el verbo no es exagerado– encima hombres babeantes e idiotizados. Todos mayores de 30, debo aclarar: los jovencitos registran mi edad y, me parece, son más educados. Nomás esta semana me hizo gestos con la lengua un señor en el subte (me dio un poco de vergüenza por él, entremezclada con las ganas de tirarlo por la ventanilla), un tachero casi se mata porque tanto elogiaba mis mamalias que casi se lleva por delante un 39, otro tachero me miraba las tetas a través del espejo de su coche siendo yo pasajera –me bajé después de explicarle que su comportamiento no era halagador ni simpático, pero no lo entendió. ¿Y cómo va a entenderlo si cada varón lo hace?
Sigo: otro me interceptó en la cuadra y medio que me cortó el paso; mi señor marido iba cuatro metros adelante, cargando dos bolsas de carbón, y no se dio cuenta de nada. Nunca se da cuenta de nada porque es nacido y criado en el primer mundo y allá los varones no se tiran arriba de las tetas de las mujeres. Entonces, cada verano tengo que recordarle que nunca debe dejarme sola por la calle cuando me acompaña, siempre de la manito como tórtolos, porque si no soy acosada. Ayer él hizo un leve intento de explicación sobre el comportamiento de sus congéneres. A ver, quise saber yo, ¿por qué miran tanto las tetas? ¿Qué les llama la atención? ¿Es porque ustedes no tienen? Yo no tengo pene ni testículos y no ando mirando la entrepierna de los hombres, preguntándome si éste estará circuncidado, si aquél la tendrá grande, si el otro la tendrá chica y corta, si el de más allá finita y larga, si el de la izquierda es un caso de berenjena y el de la derecha, uno de zanahoria. No me pregunto si tienen los testículos claros u oscuros, muy peludos o suavecitos. ¡Y me gustan los genitales masculinos, yo no soy de esas mujeres que hacen mohínes y falsos asquitos! ¡Me gustan! (Solamente impresiona que estén tan desguarnecidos, digamos, es un poco impresionante que todo sea tan externo, yo viviría paranoica si fuera hombre). 
En fin, mi señor compañero ensayó una explicación sobre la curiosidad masculina, el hecho de que “mirar tetas jamás es aburrido” y que por eso en el Reino Unido se las llama “fun bags”, que quiere decir “bolsas para divertirse”. Finísimos los británicos que tienen una larga obsesión macromamaria, expresada en las chicas de los tabloides, desde Samantha Fox (¿quién se acuerda de ella?) hasta Jordan, la novia del bañero de Marley. Ahora está siguiendo ese camino nuestra Luisana, que está recontra buena (yo no sé qué hace con ese crooner de cuarta, rubito lechoso para colmo). 
Cuestión que no pienso taparme como religiosa integrista para evitar la gritería y las murmuraciones callejeras: me la banco. Sepan, no obstante, que son unos ordinarios y malas personas, y que si en uno de sus acosos súbitos se los lleva puesto un colectivo o se desnucan en las escaleras del subte, me voy a alegrar sinceramente –a principios de semana, uno que me susurró al oído trastabilló cuando bajaba hacia la estación Dorrego y no lo empujé para no ir presa–. 
Están avisados, porque un día me voy a dar cuenta de que nadie mira y les daré la estocada o el empujón final. 
Otra cosa: me revientan profundamente las mujeres que se quejan porque yo me quejo de que me miren las tetas y me dicen “ay, más querría yo, que soy una tabla”. Pues si las traumatiza ser tablas, cómprense prótesis. Y si les da miedo la operación, hermanas mías, cómprense corpiños con relleno. Y si tampoco les cierra eso, déjense de joder. Yo sé que cuando una flaca se queja porque no puede ganar peso, es altamente insoportable: todas las excedidas nos ponemos de un malhumor infernal y las declaraciones de la flaca nos molestan sobremanera. Bien: en esto me solidarizo con las flacas. Está buenísimo tener lindas y grandes tetas pero caminar con ellas por la calle en verano es desgraciado. No sé quién me dijo la otra vez que si me molesta tanto, evite los escotes. Que me ponga cuello alto, con este calor. Esa mentalidad, amigos y amigas, es exactamente la misma que señala con el dedito acusador a una mujer abusada o violada por lo que llevaba puesto, si la pollera corta o el vestido provocativo. Esa es la mentalidad del “algo habrá hecho”. Yo no soy la que está en falta, a ver si lo entienden: los que tienen que cambiar son ellos. Ellos son los brutos. Yo ejerzo mi derecho y repito: me la banco. No llego destrozada y llorando a casa. No me ofenden tan profundamente. No. Me molestan y me dan vergüenza y me hacen pensar que, si no estuviera felizmente acompañada por un hombre normal, mi compañía sería un dildo. 
Otro me dijo: “Ay,pero ustedes las mujeres si no les dicen cosas se deprimen”. Y sí, está lleno de idiotas el mundo, alguna boluda así hay. 
Además, cada verano me desconcierto con este tema de las tetas. ¿Acaso la obsesión del hombre porteño no es el culo? Ahí yo jamás descollé, más bien todo lo contrario, así que ignoro lo que sufren las compañeras culonas. Durante mucho tiempo pensé que lo del culo era absolutamente excluyente, basándome en tantas revistas que ubican la cámara tan cerca del orificio anal que, con esfuerzo, se puede ver el esófago (notable, además, cómo el photoshop puede limpiar granitos y forúnculos, habitantes de todo culo por más lindo que sea). Parece que no, que son las dos cosas. Pero es más culo, ¿no? Hace unos años fui a Brasil y vi una revista dedicada nomás a culos, sin caras, sin cuerpos, sin nada. Onda Frankenstein. Y para heterosexuales, quiero decir, eran todos culos de mujeres. ¡Qué manera de cortarnos a pedazos! Y después más de uno anda lloriqueando cuando las mujeres hablamos de tamaño y qué se yo. Cuánta susceptibilidad. Yo les digo a los señores varones heterosexuales que no se bancarían ni un solo día dentro de un cuerpo de mujer. Se desintegrarían de tanta presión y exigencias y miradas y cuchicheos y envidias, tetas grandes, panza chata, culo alto, brazos delgados, mejillas tersas, muslos finos, tobillos idem. No tienen idea de lo que es vivir la vida en pedazos. 

sábado, 13 de agosto de 2011

Marcha de las Putas

Ayer debía realizarse en Buenos Aires la Marcha de las Putas, pero fue suspendida por el temporal que se abatió sobre la ciudad y se pasó al viernes 19 a las 18h en el Obelisco.

¿De donde viene esa Marcha? Fue a raíz de que un policía canadiense dijo que las mujeres tenían que dejar de vestirse "como putas" si no querían ser víctimas de violaciones, insinuando que las agresiones sexuales no son la culpa de los agresores, sino de la manera en que se visten las mujeres.

Una serie de "marchas de las putas" ("slut walk") se organizaron entonces en varios países del mundo, para hacer entender que "no es no" y que las mujeres deberíamos poder estar por la calle en el atuendo que mejor nos plazca sin ser agredidas.

Es cierto, me la paso en este blog criticando la imposición patriarcal de vestimenta sobre las mujeres. Me la paso explicando que los tacos altos que obligan a caminar moviendo las caderas, o sea, de manera sensual, destrozan los pies, las rodillas y la espalda y son un impedimiento para una caminata normal. Que las minifaldas también obligan a acortar los pasos, y a contorsiones por parte de las mujeres cuando, por ejemplo, quieren levantar algo del piso. Etc. etc.

Y soy la primera en decir que las mujeres no deberían someterse a estas imposiciones y deberían elegir ropa más cómoda.

Ahora bien. También creo firmemente que, y aún más en un contexto de imposición patriarcal, ninguna mujer debería ser juzgada por su manera de vestirse. Las mujeres deberían poder estar en pelotas en la calle sin ser agredidas. No es la mujer la que debería llevar una burka afgana para ocultar sus atributos y evitar "provocar" a los trogloditas que no se pueden controlar.

Y reivindico el pleno derecho de todas las mujeres a vestirse como mejor les parezca sin ser tachadas de putas y sin ser agredidas.

Me recuerda lo que pasó hace un par de años en una universidad de Sao Paulo: una estudiante fue a la facultad vestida con un vestido rojo muy corto y considerado "provocativo" e "inmoral",  y tuvo que soportar a toda la facultad gritándole y tachándola de puta, hasta que se tuvo que refugiar en un aula ante la intensidad de las agresiones. Luego fue despedida de la universidad. Ante el escándalo desatado, las autoridades finalmente la reincorporaron.



Una cosa es que critique el hecho de que la sociedad imponga como vestimenta para la mujer las polleras cortas, como manera de hacer de las mujeres eternos objetos sexuales.

Otra, que se agreda a una mujer y se la tilde de puta porque obedece al mandato social de ser un objeto sexual.

¡Qué contradicción en el país que popularizó las tangas y en el que, durante todo el mes de febrero, las mujeres desfilan prácticamente desnudas durante el carnaval!

¡Qué mensaje contradictorio! Desnudate porque sos un objeto sexual. Pero si lo hacés, sos una puta que merece la reprobación de la sociedad.

¿En qué quedamos?

Por más que sea un mandato impuesto por la sociedad, por más que el concepto mismo de minifalda me parezca horrorosamente sexista, las mujeres deberían poder pasear en el atuendo que mejor les parezca sin que se les califique de putas. ¿O acaso los varones no pasean en short y a veces hasta se sacan la remera en plena calle? ¿Ellos no merecen la reprobación de la sociedad?

Y no, porque como siempre, lo que se exige a las mujeres, por lo general, no se exige a los varones.