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martes, 5 de marzo de 2013

El mito de las falsas denuncias (bis)


Ya he escrito acerca del mito de las falsas denuncias, que regularmente agitan los masculinistas para demostrar que los varones son víctimas de "feminazis" dispuestas a aplastarlos y eliminarlos.

Por supuesto, nunca tienen cifras ni estadísticas reales, más que algún recorte periodístico, como si un caso en particular fuera revelador de un hecho sociológico.

Como otrxs más calificadxs que yo se han tomado la molestia de responder, con argumentos, punto por punto, a los masculinistas que niegan la amplitud de la violencia de género, dejo la palabra a uno de ellos, Miguel Lorente Acosta, profesor de Medicina Legal de la Universidad de Granada y ex delegado del Gobierno contra la Violencia de Género.

Sé que con esa nota, los trolls masculinistas van a desembarcar aquí con toda su furia, como lo suelen hacer últimamente. Bienvenidos sean. Porque no hay mejor prueba de la misoginia y la violencia de los masculinistas que sus propias palabras.

El dato principal que rescato de la nota es que las denuncias falsas no llegan al 1% del total, de acuerdo a la Fiscalía General del Estado, y que el delito de violencia de género es, de lejos, el delito con menos denuncias falsas.

Pueden leer la nota directamente en el diario El País aquí
Palabras contra palabras  
Las mujeres nunca han tenido palabra, la sociedad y la cultura no han creado una expresión como lo han hecho con los hombres (“palabra de hombre”), para así darle trascendencia a su voz con la simple referencia a su origen: el hombre. Las mujeres han sido presentadas justo como lo contrario: perversas, mentirosas, traidoras, desleales… Desde Eva y Pandora hasta hoy. Y si existe una cultura que ha creado esta doble referencia sobre la desigualdad, no es de extrañar que cuando la palabra de las mujeres entra en conflicto con la conducta de los hombres, salgan a la luz todos los mitos que buscan defender la desigualdad
Al analizar el argumento de las denuncias falsas se pone de manifiesto esta construcción cultural. En primer lugar, porque parte de esa idea de la mujer perversa que denuncia para hacer daño al hombre y para beneficiarse. Segundo, porque conforme la sociedad ha avanzado más en la lucha contra la violencia de género y ha dejado menos espacio a los maltratadores —señal de que la respuesta social está teniendo éxito—, en lugar de tomar esa realidad como demostración de la verdad de la violencia de género y de la necesidad y eficacia de la denuncia, la reacción es la contraria: se cuestiona la conducta que permite superar esa violencia y a los hombres violentos
Tercero: la crítica montada sobre las denuncias falsas no se sostiene sobre el análisis de la realidad: las mujeres apenas denuncian, la mayoría de las víctimas se separan, y las que lo hacen no piden medidas sobre el domicilio, la custodia de los hijos, ni ninguna cantidad de dinero al hombre; los datos están en los informes del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Como cuarto argumento encontramos que aquellos hombres que piden que se mantenga la presunción de inocencia y que no se le dé credibilidad a una denuncia basada en la palabra de la mujer, no dan ninguna presunción de inocencia a las mujeres y consideran que la gran mayoría miente y delinque al denunciar falsamente a un hombre. 
En quinto lugar están los datos, reveladores de su mentira. El CGPJ y la Fiscalía General del Estado han analizado la situación y han concluido que las denuncias falsas no llegan al 1% del total. Así se deduce que el de violencia de género es, con diferencia, el delito con menos denuncias falsas. Pero, además, el hecho de que aquellos que defienden la falacia de las falsas denuncias cambien sistemáticamente sus datos demuestra que mienten. Al principio usaban como referencia el porcentaje de sentencias no condenatorias (un 30%), pero como no era sostenible ahora emplean el porcentaje de mujeres que retiran la denuncia o no quieren declarar contra su pareja. 
Sus argumentos parten de la ideología que presenta a las mujeres como malas y perversas, y luego buscan datos que encajen en sus ideas. Cuando hablan sobre el tema, en lugar de aportar referencias válidas o estudios, recurren a los casos personales (curiosamente todos conocen alguno) o a aquellos que han sido aireados a todo volumen en determinados medios
La idea de las denuncias falsas es el reflejo de los argumentos que la desigualdad y el machismo ha utilizado históricamente para defender sus privilegios y atacar a las mujeres. Nunca han tomado el silencio tras los casos de violencia como falso, porque era coherente con esa normalidad construida sobre la agresión. En cambio, la denuncia para salir de ella sí es tomada como falsa. Y es que las palabras se las lleva el viento, pero la palabra es la ley.
(Lo subrayado en negrita es mío) 

martes, 8 de enero de 2013

Feliz año antipatriarcal

Tengo abandonado este blog desde hace un par de meses, por razones de tiempo y por razones técnicas que, espero, se resolverán pronto.

No es para nada por falta de inspiración. Lamentablemente, el sexismo es infinito, y lo que se puede escribir sobre las discriminaciones de género, también.

Para recibir el año 2013, voy a dejar la palabra a varones. Se trata del Colectivo de Varones Antipatriarcales, cuyo lema es "Ni machos, ni fachos".

Tienen el mérito de luchar por una nueva definición de la masculinidad, sin renegar del feminismo y sin hacerse las víctimas, como lo suelen hacer los masculinistas, que de igualitarios, no tienen absolutamente nada.

No son los únicos varones en declararse abiertamente feministas. Existen otros colectivos, tanto en Argentina como en otros países. En la columna de la derecha encontrarán enlaces hacia grupos de "Varones contra el sexismo". De hecho, si conocen otros, no duden en enviarme un mail para que los agregue.

Aquí va, entonces, un poco cortado, el texto que el Colectivo de Varones Antipatriarcales han publicado en su página por la llegada del año 2013. Ojalá los masculinistas aprendan un poco de ellos lo que la palabra "igualdad" significa realmente.
Queridxs compañerxs, vamos acercándonos al final de este 2012, un año muy intenso en nuestra incipiente historia como colectivo. 
Este año nos deja la alegría de haber avanzado en iniciativas que nos esperanzan en el desafío que testarudamente decidimos emprender; sumarnos como "varones" a la lucha contra el hetero-patriarcado capitalista, y cultivar la certeza de que queremos y podemos transformarnos para transformar. (...) 
No podemos soslayar que todas estas alegrías tienen razón de ser porque son granitos de arena contra un sistema que persiste injusto y desigual, y que descarga toda su violencia contra las mujeres y otras identidades subalternizadas por razones de género, sexualidad, etnia y clase. 
Tenemos razón de ser porque Marita Verón sigue desaparecida y sin encontrar justicia; porque el aborto sigue siendo ilegal y las mujeres expropiadas del derecho a decidir sobre sus cuerpos: porque siguen multiplicándose los femicidios y la impunidad que la justicia brinda a los violentos y abusadores; porque el Estado sigue siendo cómplice de la violencia clerical; porque la gran mayoría de los varones se mantiene indiferente ante todas estas injusticias, siendo impunes artífices, cómplices privilegiados o inertes espectadores. 
Contra estas miserias nos levantamos; por nuestros sueños nos organizamos... Para que sigamos avanzando, con pasión y alegre rebeldía, hacia el fin de la explotación y la opresión, levantamos la copa junto a ustedes, y brindamos por un 2013 lleno de energía para seguir luchando, hasta que todas, todos, todxs, seamos libres! 
Salud y Revolución, en las calles, en las plazas, y en las camas! 
Colectivo de Varones Antipatriarcales

martes, 23 de octubre de 2012

Uruguay, el aborto y la democracia

Al fin una buena: José Mujica, presidente de Uruguay, acaba de promulgar la ley de despenalización del aborto, aprobada hace pocos días por el Senado.

No se trata de una ley perfecta: no legaliza, sino que despenaliza. Las mujeres tendrán que pasar delante de un "jurado" de tres médicos y explicar sus razones, como si abortar no fuera un derecho, como si las mujeres no pudieran ser completamente autónomas, como si hubiera que vigilar, de alguna manera, que las pobrecitas no se manden cagadas. Y luego, pasar por un período de reflexión, como si las mujeres fueran, naturalmente, seres irracionales incapaces de tomar una decisión acertada de una.

Pero es un avance enorme, un caso único en América del Sur (si exceptuamos Cuba y Guayana).

Dejo la palabra al ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, que ha escrito un texto impecable en el diario El País. Lo único que podría criticar, es cuando presenta al aborto como visto siempre como una tragedia por la mujer que aborta, cuando, al contrario, si está hecho en buenas condiciones, puede ser vivido como un alivio, sin traumas ni culpabilidades.

Mientras tanto, en Argentina, Mauricio Macri, jefe de gobierno de Buenos Aires, vetó la ley de abortos no punibles, que reglamentaba ya no el aborto en cualquier circunstancia, sino únicamente los que ya están permitidos por la ley 86 del Código Penal, ley que nunca es aplicada...

El aborto legal es una deuda de la democracia argentina. Porque las mujeres deberían tener derecho a decidir sobre su cuerpo. Deberían poder decidir si quieren hijxs, cuántxs y cuándo. Porque penalizar el aborto no impide su práctica, al contrario, es una práctica mucho más extendida en los países en que es ilegal que en los países en que es legal.

En Uruguay, al fin, el Estado ha comenzado a saldar esa deuda.

La maternidad como derecho
Un aborto es siempre una grieta, el difícil punto final a un embarazo no deseado. Toda mujer que lo procura llega presionada por una situación angustiosa, sea porque fue víctima de una violación, está prisionera de una precariedad económica que no le permite asumir la responsabilidad, sola frente a un padre alejado, o porque, en plena juventud, esta posible maternidad le cercena el desarrollo de su vida sin condiciones aun para asentar un hogar. Hay mil otras circunstancias en que una mujer puede verse enfrentada a la posibilidad de un hijo que no deseó y al que no le podría dar aquello que anhelaría. 

Es una situación dramática, que ninguna mujer asume con alegría. Lo que se debate en el parlamento no es si es bueno o malo abortar. Es si a esa mujer, y a quien la asista, la ley penal la debe castigar como un delito. Y eso lo vemos como profundamente injusto. 

Ante todo, injusto para la mujer. Ella es dueña de la libertad de procrear. La maternidad es un derecho, no una obligación a la que hay que resignarse si las circunstancias de la vida no le llevan, en ese momento, a desearla. Hay quienes -desde una actitud religiosa- la miran, a la inversa, como un deber ineludible. Disentimos con ese criterio por razones de conciencia. La maternidad es un acto del querer y de la voluntad. Es algo muy elevado para reducirlo a la casualidad o a un episodio irremediable de la naturaleza, que no se quiso ni se buscó. 

El hecho es que el aborto existe y es un fenómeno social de vastas proporciones en el mundo entero. Y en reconocimiento a esa circunstancia es que se ha liberalizado su práctica, asumiendo incluso el Estado -como en España, por ejemplo- la obligación de ponerlo a disposición de la mujer que lo requiera. Es un modo de asegurarle su libertad y de no imponerle una clandestinidad peligrosa, en que su vida se pone en riesgo por falta de garantías médicas. Hoy, donde aun está penalizado, resulta una práctica generalizada, a la que solo podrán recurrir con cierta confianza quienes puedan pagar una mejor atención y esto también es profundamente injusto. 

Naturalmente, somos conscientes de que hay una corriente doctrinaria que estima que el precario feto de menos de doce meses es titular del derecho a vivir. A nuestro juicio no es aún una persona autónoma, no posee condiciones naturales para sobrevivir fuera de su madre, dista mucho de ser considerado una individualidad titular de derechos y obligaciones. No puede hablarse de un "homicidio", como con exceso de lenguaje se hace desde ciertas corrientes filosóficas. Hay una indiscutible expresión de vida, como la hay en un óvulo fecundado in vitro y congelado y nadie pensaría que es un homicidio destruirlo. Es una potencialidad de vida, pero no la vida de una persona. Una semilla es una semilla, capaz de generar un árbol, pero no es el árbol. 

En un terreno ético, por otra parte, toda sociedad establece un mínimo que, para convivir, adopta con el carácter imperativo de la ley. El resto es el mundo de las diversidades y, por lo tanto, dominio de la libertad. Hay quienes creen que la unión entre dos personas del mismo sexo es inmoral y hay que prohibirla legalmente y hay quienes pensamos a la inversa. La pregunta es: ¿alguien tiene derecho a imponerle a otro su moral, cuando no media un mínimo consenso social? Que la ley obligue a un médico del Estado, de filosofía cristiana, a practicar un aborto es violentar su libertad de conciencia y está bien reconocer su excepción. Que la ley ordene castigar como delito el aborto a una mujer que llegó a esa situación por no sentirse habilitada para una maternidad responsable, ¿no es también una coacción que violenta su libertad de conciencia? A nadie se le impone un aborto. Pero, a la inversa, ¿por qué se condena a quien siente que su necesidad se lo impone? 

Por la convicción que expresamos pensamos también -y no lo callamos por un deber de lealtad- que la solución legal votada en la Cámara de Diputados no es buena. Someter a quien llega a esa situación, llena de temores, a todo un trámite que incluye un tribunal examinador de tres miembros y un período de reflexión, es reiterar la arcaica idea machista de que la mujer no posee criterio suficiente para manejar su vida. No se asegura, además, la imprescindible privacidad del acto y por eso nos tememos que este camino legal no alcance eficacia en el terreno práctico, manteniendo vigente la clandestinidad. En cualquier caso, esperemos que sea solo un primer paso para que la sociedad uruguaya supere la vieja hipocresía de asumir que no existe lo que sí existe y permita que la mujer avance un paso más en el camino de reconquistar derechos que por siglos se le negaron. 




viernes, 8 de junio de 2012

Videos contra los estereotipos de género

¿Es la cultura popular machista? ¿Hay sexismo en los videojuegos? ¿Qué dice la televisión, el cine, de nuestra sociedad, con respecto a los estereotipos de género, de origen étnico o de clase?

La respuesta a esas preguntas, es, por supuesto, que sí, pero ¿cómo mostrarlo de manera que todxs puedan entender?

Bueno, a eso se dedica una crítica feminista de la "pop culture", Anita Sarkeesian. Luego de su máster sobre las mujeres fuertes en la ciencia ficción y fantasy en la televisión, se está dedicando a hacer videos muy pedagógicos, muy bien documentados, sobre el sexismo en la cultura popular en la tele, los videojuegos, el cine, etc.

Lamentablemente, los videos son en inglés, y Anita Sarkeesian habla muy rápido, o sea, hay que entender perfectamente ese idioma (y con acento estadounidense).

Pero los recomiendo muy enfáticamente. Pueden servir incluso en aulas escolares o universitarias (agregando subtítulos para personas no anglohablantes).

El primero que vi al azar me encantó y es el que voy a copiar aquí, pero todos los otros que vi me parecieron igual de buenos.

Pueden encontrar más información (y hacer donaciones, por qué no, ya que sus videos no tienen publicidad) aquí. Para ver los videos, la mejor opción es ir a su canal de You Tube.

Aquí les dejo el primer video que vi, sobre la escasa representación de las mujeres en las películas de Hollywood, a través de un test llamado Bechdel Test, una prueba originalmente hecha para medir la presencia de mujeres en los cómics. Para poder pasar el test, una obra tiene que tener:

- al menos dos mujeres de las que se conozco el nombre
- que hablen entre ellas
- de otra cosa que de un varón

¿Les parece algo fácilmente superable? Pues en los hechos, una muy pequeña minoría de películas cumplen con estos básicos requisitos:


También recomiendo los dos videos sobre los estereotipos de género en el mundo de Lego, aquí y la segunda parte aquí.

martes, 10 de enero de 2012

Los "pro-vida" son abortistas

Es algo de lo que siempre estuve firmemente convencida, pero no disponía de pruebas: los mal llamados "pro-vida", al oponerse sistemáticamente a todo lo que puede evitar los embarazos no deseados (educación sexual desde la primaria, reparto de anticonceptivos, entre otros lugares en las escuelas, circulación de la información más amplia posible, pastilla del día después, etc.) fomentan los abortos.

Esas personas son las principales responsables de que se practiquen abortos, porque están en contra de todo lo que puede evitar los embarazos no deseados.

O sea, los pro-vida son... abortistas.

Leyendo "El drama del aborto, en busca de un consenso", de los médicos chilenos Aníbal Faúndes y José Barzelatto (ed. Paidós), encontré un párrafo particularmente interesante.

En el libro se explica que en 2002, el gobierno de George W. Bush decidió cancelar el aporte estadounidense de 34 millones de dólares al Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP), con el argumento de que el organismo apoyaba programas de abortos forzados en China, cosa que, como lo comprobó luego la propia administración estadounidense, no era cierta.

La consecuencia fue que muchísimas organizaciones que promovían la planificación familiar y el acceso a educación sexual y anticonceptivos en países en vías de desarrollo dejaron de recibir dinero.

¿Cuál fue el resultado de eso? ¿Una baja del número de abortos practicados en el mundo, como se podría esperar de una iniciativa que tiene como objetivo declarado luchar contra el aborto?

"La decisión del gobierno de George W. Bush", nos explica el libro, "significó un incremento de unos dos millones de embarazos no deseados, ochocientos mil abortos y 4.700 muertes maternas. (...) La ironía y la paradoja residen en que ninguna otra organización ha hecho más que el FNUAP para sustituir el aborto por la planificación familiar en China".

Los autores concluyen: "Así, quienes se autodenominan 'antiaborto' han contribuido a elevar el número de abortos en ese país y el resto del mundo en desarrollo. Los mismos grupos también contribuyen a que Estados Unidos tenga el índice más alto de embarazos y abortos adolescentes entre todos los países desarrollados (Singh y Darroch, 2000), gracias a su exitosa presión política en respaldo de una educación sexual 'exclusivamente basada en la abstinencia'" (...) Paradójicamente, los mismos grupos 'antiaborto' han utilizado su influencia política actual para lograr la exclusión del conocimiento sobre anticoncepción de los programas de educación sexual estadounidense, y contribuyen de ese modo a la existencia de miles de abortos anuales".

Por eso mismo, los "antiaborto" son, lisa y llanamente, abortistas. Sus acciones contra los derechos de las mujeres a disponer de su cuerpo no ha evitado ni un solo aborto. Al contrario, son los primeros responsables de la muerte de los embriones que dicen querer proteger.


EDIT del 20/01: La revista cientifica The Lancet sacó un estudio en el que se demuestra que la tasa de abortos es superior en los países en que la práctica es ilegal que en los países que la han legalizado. O sea, penalizar el aborto sólo tiene como consecuencia aumentar la cantidad de fetos abortados (y poner en riesgo la salud y la vida de la mujer). Lo explica en un dossier el diario El País. 

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Las mujeres y los piropos, de víctimas a victimarias

Sigo con otro documento sobre acoso callejero, "piropos" y demás comentarios sexistas que, se supone, deben halagarnos.

Su autora es Diana Maffía, doctora en filosofía, diputada de la Ciudad de Buenos Aires (por el ARI, 2007-2011), investigadora y autora de muchas publicaciones.

Escribió una ponencia para un congreso sobre "Violencia, maltrato y abuso: víctimas y victimarios" que tuvo lugar el 10 al 12 de noviembre pasado en Buenos Aires. La idea, explicó era "mostrar cómo el patriarcado nos desplaza del lugar de víctimas al de victimarias cuando se trata de violencia simbólica".

Es un poco largo, pero vale la pena leerlo completo. Lo pueden copiar donde quieran, siempre citando la fuente (lo subrayado en negrita lo hice yo).

Chistes, piropos y minués: las estrategias del macho acorralado 
Diana Maffía 
Definitivamente, las feministas somos unas amargas. Vemos machismo, patriarcado, androcentrismo, homofobia, lesbofobia, transfobia y violencia incluso en las situaciones más divertidas. Eso nos pone en un raro lugar: somos víctimas de permanentes ataques simbólicos, y a la vez victimarias por arruinar con nuestras respuestas destempladas las situaciones que gran parte de la sociedad considera entretenidas, glamorosas, seductoras, caballerescas, románticas y hasta corteses. Y lo peor de la confusión es que como pertenecemos a esa misma sociedad, tales situaciones también tienen eficacia simbólica sobre nosotras, también nos reímos y emocionamos con ellas; sólo que un Pepe Grillo feminista nos susurra al oído permanentes advertencias analíticas para que no caigamos en la trampa, para que no seamos literales, para que no sonriamos amablemente –como es de esperar- a los gestos corteses.
 “¿Qué quieren las mujeres?” se preguntaba Freud, y el error de nosotras era estar expectantes a su respuesta. Mi propuesta de hoy es muy modesta. Contar algunas anécdotas, señalar algunas situaciones que encienden mi alarma, procurar tímidamente un puente comunicativo para hacer grietas en los implícitos sociales y generar vínculos que no lesionen con su reiteración a ningunx de lxs participantes en ellos.
Cuando inicié la carrera de filosofía, un profesor llamado Adolfo Carpio me dijo: “¿qué hace usted acá, no sabe que las mujeres no pueden hacer filosofía? Tiene lindos ojos, aprenda repostería y búsquese un novio”. Me ubicaba así en una disyuntiva común a muchas mujeres profesionales: o carrera o familia. La filosofía era un sacerdocio que requería no ocuparse del trajín de la vida cotidiana, por eso era para varones, que como todo el mundo sabe vienen equipados con mujeres que se dedican a las tareas de reproducción y cuidado, entonces ellos no deben renunciar a nada que les corresponda para dedicarse a la vida contemplativa. Esta deliberación es objeto de muchas indagaciones feministas, de excelente nivel, que ponen eje en el quiebre subjetivo de las mujeres que deciden innovar. Como ejemplo diré que en una investigación sobre carreras científicas de varones y mujeres, encontramos como dato significativo que el 25% de los investigadores superiores del Conicet eran solteros (su carrera era un sacerdocio) pero esa cifra trepaba al 75% en las mujeres, además de tener muchas menos oportunidades de llegar a la cima. 
Muchos años después, ya doctorada y con el permanente esfuerzo de equilibrar familia y trabajo, ocupo la cátedra que fue de Carpio. Últimamente he pensado si no será un gozo enfermizo estar en este lugar, si fue una aspiración verdadera o movida por el desafío y la revancha. Y eso me lleva a reflexionar sobre los deseos de las mujeres y su concepto de éxito. Tenemos paradigmas que producen indicadores precisos de lo que la sociedad reconoce como éxito personal y profesional, y el costo subjetivo de esos indicadores para las mujeres es doble: si acompañan a un varón exitoso, es posible que tengan a su cargo la parte menos glamorosa de ese éxito vicario; si ellas mismas lo son, es posible que alcanzada la meta no encuentren la felicidad prometida sino una incomprensible insatisfacción. Para las innovadoras, que decidimos desafiar la dicotomía conciliando familia y profesión, la culpa de no alcanzar el ideal de perfección en ninguno de los roles (que obviamente requieren la renuncia al otro) es permanente. 
Asi las cosas, claro, no estamos para chistes. Sin embargo nos hacen chistes! Cuando me recibí, el profesor Eduardo Rabossi me felicitó haciéndome el extraño homenaje de contarme un chiste, precisamente este: Un hombre decide contratar una prostituta. Va a su departamento y encuentra que entre los previsibles adornos sugerentes había una pequeña biblioteca. Se acerca curioso y ve en ella libros de Kant, de Hegel, de Wittgenstein… Toma uno de ellos y ve que está subrayado y con acotaciones manuscritas. Le pregunta de quién son esos libros y la prostituta contesta que son de ella, que es filósofa. El hombre, extrañado, le pregunta cómo siendo filósofa trabaja de prostituta, y ella le contesta: “tuve suerte”. Fin del chiste. No me reí. Quedé como una amarga con mi profesor de derechos humanos. 
Una brillante alumna mía, muy linda, terminó su carrera y no logró una beca o una plaza docente para comenzar a trabajar. Terminó de mesera en un restaurante muy caro de Puerto Madero, en plena era menemista, al que concurrían políticos y empresarios favorecidos por el gobierno (dicho sea de paso, algunos siguen concurriendo y siguen siendo favorecidos, pero ese es otro tema). Uno de los clientes en particular era muy pesado, con comentarios subidos de tono sobre su aspecto físico dichos a los gritos y festejados por sus contertulios. Un día mi alumna decidió contestarle con una frase de Nietszche. El diputado, sorprendido, le preguntó de dónde había sacado eso y ella le dijo que era filósofa. La pregunta fue inmediata: “¿y qué hacés trabajando aquí?”, y la respuesta de ella también: “esta es la Argentina en la que vivo, yo soy mesera y usted es diputado”. Los contertulios festejaron el chiste, el político no se rió, ella sintió una satisfacción interior que duró poco porque ese mismo día la echaron de su trabajo por hacer comentarios indecorosos a los clientes. 
¿Podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos ponen como objeto pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos, cuando todo el sistema opera contra nuestra vivencia de esas situaciones? La observación rompe un código, a veces violentamente, y entonces pasamos de víctimas a victimarias. A veces ni siquiera tenemos la oportunidad de intervenir, porque la frase se refiere a nosotras pero se pronuncia entre machos en un intercambio que nos excluye y que tiene que ver con el derecho de propiedad. Porque como decía Locke en “Dos Tratados sobre el Gobierno”, para justificar filosóficamente la necesidad del pacto social que dio origen al Estado Liberal Moderno, la violencia entre los seres humanos es consecuencia de la lucha por la propiedad; y hay dos cosas que producen el máximo conflicto entre los seres humanos: la propiedad de la tierra y la propiedad de las mujeres. El pacto social, precedido del pacto sexual, reguló ambas propiedades dando origen a la familia nuclear y garantizando así la legitimidad de la progenie para cuidar la herencia en la acumulación de capital. 
Los ambientes ilustrados no están libres de estos métodos disciplinadores del lugar de las mujeres. Cuando finalizaba la dictadura, comenzamos en la UBA un movimiento de estudiantes y graduados que permitiera recuperar las autoridades legítimas una vez alcanzada la democracia. Se creó así una Asociación de Graduados que hizo su primera elección. Los candidatos a presidirla éramos Silvio Maresca, un filósofo muy ligado a la política del peronismo , y yo, una pichi. Inesperadamente gané esa elección, y entonces Silvio le dijo a mi marido, también graduado en filosofía: “te felicito, ahora tenés una mujer pública”. No me lo dijo a mí, se lo dijo a él, que recibió así la advertencia de que un hombre que deja que su mujer circule por los espacios de poder de la política debe aceptar que reciba el calificativo con el que se describe a una prostituta: una mujer pública, una mujer de la calle, una mujer que no es de su casa y por eso ha renunciado a ser de un hombre para estar disponible para cualquier hombre. 
Y así seguramente se lo enseñan a los hombres. Los cuerpos que circulan en la calle son cuerpos disponibles, y si no dan señales inequívocas de recato son cuerpos abordables sin permiso por el solo hecho de estar allí. Abordables físicamente y simbólicamente, con manoseos o con pretendidos piropos que nos ponen en situación de presa y a ellos en situación de dominio. 
Salgo de mi casa un día de lluvia para un acto protocolar a la mañana, vestida con más cuidado que de costumbre. En la vereda hay un hombre acostado sobre unos cartones, totalmente borracho, harapiento que daba pena, y cuando paso me dice: “te haría cualquier cosa”. Ese hombre que no podia ni siquiera ponerse en pie, abandonado de todo, no había perdido sin embargo su poder patriarcal sobre mí, su poder de incomodarme y ubicarme en una situación pasiva que sólo podía ser respondida de modo desagradable o cambiando el código. Otras veces lo he hecho, ante ese habitual comentario “decime qué querés que te haga, mamita” pararme, mirarlo y decir: “recordame el teorema de Göedel”, o “recitame la Odisea en griego”. La respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la violenta soy yo. 
Los comentarios sobre nuestro aspecto físico nos desvían de nuestro lugar de interlocutoras a objeto. Incluso cuando pretenden ser amables nos están sacando de la relevancia del argumento para poner de relevancia nuestro cuerpo sexuado. A veces la violencia es más explícita, y cuesta menos verla. En una manifestación docente donde hay represión policial encuentro a un diputado kirchnerista con sus asesores. Me pregunta con ironía qué hago allí, y yo le digo qué hace él que no está procurando que su gobierno no reprima la protesta social. El, molesto y bajando un poco la mirada de mi cara me dice “¿por qué te pusiste ese escote?”, sus compañeros se ríen, yo le repregunto “¿qué te pasa, extrañás a tu mamá?”, sus compañeros se ríen más. La violenta soy yo que lo pongo en ridículo ante sus subordinados. 
Otras veces el comentario es menos burdo, y simplemente nos retrae del lugar donde nos habíamos instalado. En una sesión legislativa salgo de mi banca y me acerco a un diputado del hemiciclo opuesto para reprocharle uno de los mil modos de mala praxis legislativa que acostumbran. Mientras le estoy diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: “ahora que te veo de cerca, qué lindos ojos tenés”. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en lo que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su observación gentil? Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el comentario desubicado y quedo como una amarga. La víctima es él: dijo algo agradable y se encontró con mi respuesta destemplada. 
La filósofa mexicana Graciela Hierro, especialista en ética feminista, nos advertía sobre estos modos que toma el patriarcado para imponerse a los que llamaba “el trato galante”. Socialmente aparecen como un signo de caballerosidad, pero nos ubican en un papel de debilidad, de objeto de tutela, de incapacidad, de pasividad superlativa. Los usos sociales están llenos de mandatos que los varones pueden tomar como lo que se espera de ellos, y muchas mujeres como signos de protección masculina.  
Mañana se cumplen 60 años del voto femenino. Quizás sea oportuno recordar que hasta ese momento el código civil nos ponía con los incapaces, los presos, los dementes y los proxenetas para fundamentar nuestras ineptitudes para la política. Cuando luego de muchos años de lucha del socialismo feminista, y por expresa voluntad de Eva Perón, la ley de sufragio femenino finalmente llega a un recinto formado exclusivamente por varones, los argumentos en contra cubrieron  todo el arco: desde señalar la natural incapacidad de las mujeres para la vida pública, a decir que ibamos a votar lo que nos dijera el cura y la iglesia iba a aumentar así su poder político, o ensalzar las más altas virtudes femeninas que nos destinan a la excelsa tarea divina de cuidar a nuestras crías (lo que logicamente está reñido con la disputa electoral), o describir la politica como un pantano donde no debería posarse el delicado pie que cual pétalo de rosa sostiene nuestra gracia, y como último recurso generar pánico recordando que nos volvemos locas una vez por mes y así existía la alta probabilidad de que en ese estado de enajenación temporal una cuarta parte de nosotras esté a la vez menstruando y decidiendo los destinos de la patria. 
Para esos patriarcas de la democracia, que ya contaba con una “ley del voto universal y obligatorio” que no sólo nos excluía del universal sino que no registraba siquiera la exclusión, eso éramos las mujeres. Ellos sí tenían una respuesta, no como Freud que nos dejó esperando. 
Procurando hacer un ejercicio de empatía, comprender cuál es la reacción de quien tiene esta visión de las mujeres ante los avances que el feminismo nos ha procurado en tantos órdenes de la vida, pienso que hay una percepción de cierta masculinidad de estar en retroceso. Una vivencia del poder sustancial y del territorio que torna amenazante el ingreso de las mujeres a las
instituciones y a la vida pública, todavía ahora. La pérdida del monopolio de la palabra no alcanza para abrir el diálogo. El diálogo tiene condiciones lógicas, semánticas, éticas y políticas, no se trata de hablar por turno y menos aún de arrebatar el micrófono. Y ni hablar si se usan dos micrófonos, como hace la presidenta desde el atril! 
Eso es lo que llamo “el síndrome del macho acorralado”, que es victimario violento y a la vez víctima, que me desvela cuando pienso en las formas de lograr una sociedad incluyente de verdad, y que me inspira para decir toda vez que puedo a modo de letanía pedagógica que “cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede”.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Muy buena nota de humor sobre el acoso callejero


Me gusta particularmente el último párrafo. Siempre me asombró que los varones se quejaran de que las mujeres hablamos de tamaño, provocándoles inseguridades y complejos, como si nosotras no sufriéramos constantemente de la comparación con los cuerpos de otras mujeres. Cada vez que se muestra a una mujer en pelotas en un comercial, nos echan en cara cuán imperfectas somos con nuestros cuerpos sin photoshop. Recuerdo en particular un ex mío, que se la pasaba hablando de los pechos de sus ex, pero que se quedó súper traumado cuando empecé a hablar del pene de mis ex... Imagínense si los comerciales mostraran varones con pitos enormes... Ahí sí se podrían quejar de la dictadura del tamaño...
Muchachos, aflojen con las tetas 
El varón argentino tiene cierta debilidad por las glándulas mamarias femeninas, tal como lo comprueba en estos días de calorcito nuestra columnista. De lo difícil que es ser mujer en un mundo de hombres babosos.
Por Mariana Enriquez 
Hace calor y tengo que andar con guardaespaldas. Sucede que, a juzgar por las reacciones que recolecto en la vía pública, el hombre porteño no está acostumbrado a ver un par de tetas. Es la única explicación que le encuentro a lo que ocurre cada vez que salgo a la calle. Me explico: yo no tengo las tetas de Virginia Gallardo. Tengo tetas de mujer normal. No son pequeñas, son lindas, pero de ninguna manera estamos hablando de una situación macromamaria. Y el resto de mi cuerpo y mi cara no son los de Luisana Lopilato: soy una mujer grande. No obstante, no puedo caminar sin que se me arrojen –el verbo no es exagerado– encima hombres babeantes e idiotizados. Todos mayores de 30, debo aclarar: los jovencitos registran mi edad y, me parece, son más educados. Nomás esta semana me hizo gestos con la lengua un señor en el subte (me dio un poco de vergüenza por él, entremezclada con las ganas de tirarlo por la ventanilla), un tachero casi se mata porque tanto elogiaba mis mamalias que casi se lleva por delante un 39, otro tachero me miraba las tetas a través del espejo de su coche siendo yo pasajera –me bajé después de explicarle que su comportamiento no era halagador ni simpático, pero no lo entendió. ¿Y cómo va a entenderlo si cada varón lo hace?
Sigo: otro me interceptó en la cuadra y medio que me cortó el paso; mi señor marido iba cuatro metros adelante, cargando dos bolsas de carbón, y no se dio cuenta de nada. Nunca se da cuenta de nada porque es nacido y criado en el primer mundo y allá los varones no se tiran arriba de las tetas de las mujeres. Entonces, cada verano tengo que recordarle que nunca debe dejarme sola por la calle cuando me acompaña, siempre de la manito como tórtolos, porque si no soy acosada. Ayer él hizo un leve intento de explicación sobre el comportamiento de sus congéneres. A ver, quise saber yo, ¿por qué miran tanto las tetas? ¿Qué les llama la atención? ¿Es porque ustedes no tienen? Yo no tengo pene ni testículos y no ando mirando la entrepierna de los hombres, preguntándome si éste estará circuncidado, si aquél la tendrá grande, si el otro la tendrá chica y corta, si el de más allá finita y larga, si el de la izquierda es un caso de berenjena y el de la derecha, uno de zanahoria. No me pregunto si tienen los testículos claros u oscuros, muy peludos o suavecitos. ¡Y me gustan los genitales masculinos, yo no soy de esas mujeres que hacen mohínes y falsos asquitos! ¡Me gustan! (Solamente impresiona que estén tan desguarnecidos, digamos, es un poco impresionante que todo sea tan externo, yo viviría paranoica si fuera hombre). 
En fin, mi señor compañero ensayó una explicación sobre la curiosidad masculina, el hecho de que “mirar tetas jamás es aburrido” y que por eso en el Reino Unido se las llama “fun bags”, que quiere decir “bolsas para divertirse”. Finísimos los británicos que tienen una larga obsesión macromamaria, expresada en las chicas de los tabloides, desde Samantha Fox (¿quién se acuerda de ella?) hasta Jordan, la novia del bañero de Marley. Ahora está siguiendo ese camino nuestra Luisana, que está recontra buena (yo no sé qué hace con ese crooner de cuarta, rubito lechoso para colmo). 
Cuestión que no pienso taparme como religiosa integrista para evitar la gritería y las murmuraciones callejeras: me la banco. Sepan, no obstante, que son unos ordinarios y malas personas, y que si en uno de sus acosos súbitos se los lleva puesto un colectivo o se desnucan en las escaleras del subte, me voy a alegrar sinceramente –a principios de semana, uno que me susurró al oído trastabilló cuando bajaba hacia la estación Dorrego y no lo empujé para no ir presa–. 
Están avisados, porque un día me voy a dar cuenta de que nadie mira y les daré la estocada o el empujón final. 
Otra cosa: me revientan profundamente las mujeres que se quejan porque yo me quejo de que me miren las tetas y me dicen “ay, más querría yo, que soy una tabla”. Pues si las traumatiza ser tablas, cómprense prótesis. Y si les da miedo la operación, hermanas mías, cómprense corpiños con relleno. Y si tampoco les cierra eso, déjense de joder. Yo sé que cuando una flaca se queja porque no puede ganar peso, es altamente insoportable: todas las excedidas nos ponemos de un malhumor infernal y las declaraciones de la flaca nos molestan sobremanera. Bien: en esto me solidarizo con las flacas. Está buenísimo tener lindas y grandes tetas pero caminar con ellas por la calle en verano es desgraciado. No sé quién me dijo la otra vez que si me molesta tanto, evite los escotes. Que me ponga cuello alto, con este calor. Esa mentalidad, amigos y amigas, es exactamente la misma que señala con el dedito acusador a una mujer abusada o violada por lo que llevaba puesto, si la pollera corta o el vestido provocativo. Esa es la mentalidad del “algo habrá hecho”. Yo no soy la que está en falta, a ver si lo entienden: los que tienen que cambiar son ellos. Ellos son los brutos. Yo ejerzo mi derecho y repito: me la banco. No llego destrozada y llorando a casa. No me ofenden tan profundamente. No. Me molestan y me dan vergüenza y me hacen pensar que, si no estuviera felizmente acompañada por un hombre normal, mi compañía sería un dildo. 
Otro me dijo: “Ay,pero ustedes las mujeres si no les dicen cosas se deprimen”. Y sí, está lleno de idiotas el mundo, alguna boluda así hay. 
Además, cada verano me desconcierto con este tema de las tetas. ¿Acaso la obsesión del hombre porteño no es el culo? Ahí yo jamás descollé, más bien todo lo contrario, así que ignoro lo que sufren las compañeras culonas. Durante mucho tiempo pensé que lo del culo era absolutamente excluyente, basándome en tantas revistas que ubican la cámara tan cerca del orificio anal que, con esfuerzo, se puede ver el esófago (notable, además, cómo el photoshop puede limpiar granitos y forúnculos, habitantes de todo culo por más lindo que sea). Parece que no, que son las dos cosas. Pero es más culo, ¿no? Hace unos años fui a Brasil y vi una revista dedicada nomás a culos, sin caras, sin cuerpos, sin nada. Onda Frankenstein. Y para heterosexuales, quiero decir, eran todos culos de mujeres. ¡Qué manera de cortarnos a pedazos! Y después más de uno anda lloriqueando cuando las mujeres hablamos de tamaño y qué se yo. Cuánta susceptibilidad. Yo les digo a los señores varones heterosexuales que no se bancarían ni un solo día dentro de un cuerpo de mujer. Se desintegrarían de tanta presión y exigencias y miradas y cuchicheos y envidias, tetas grandes, panza chata, culo alto, brazos delgados, mejillas tersas, muslos finos, tobillos idem. No tienen idea de lo que es vivir la vida en pedazos. 

viernes, 3 de junio de 2011

Falsas denuncias: ¿mito o realidad?

España es uno de los únicos países en haberse dotado de un arsenal jurídico para luchar contra la violencia de género. Se trata de la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.

Por supuesto, ni bien salió, fue objeto de las peores críticas por parte de mucha gente que vio cómo muchos privilegios de los que antes gozaban los varones maltratadores (entre otras cosas, era la mujer golpeada la que se tenía que ir del hogar para dejar de ser abusada, cosa que muchas veces no hacía porque no tenía a dónde ir) se iban esfumando.

Una de las principales críticas de esa ley, es que es usada por mujeres inescrupulosas que, con tal de quedarse con la tenencia de lxs hijxs o alejar al marido que ha de salir de la casa compartida, hacen falsas denuncias contra su pareja.

Se ha dicho que ha habido una multiplicación fenomenal de las falsas denuncias, y si bien las personas que sostienen esa tesis nunca citan estadísticas, sí decretan sin pestañear que la cantidad es tal que justificaría que se anule la ley y que "denunciar al hombre se ha convertido en un negocio", como lo ha afirmado en estos días la Comisión de Igualdad y Género del movimiento 15-M en Valencia (decepcionándome notablemente de ese movimiento). Algunos se han atrevido a decir que más de las mitad de las denuncias son falsas.

¿Cuál es la realidad? El debate lo ha zanjado el Consejo General del Poder Judicial, al que difícilmente se pueda tachar de feminista, en un informe de noviembre de 2009.

Sus conclusiones fueron que "sólo una de las 530 resoluciones estudiadas podría encuadrarse como denuncia falsa". Bien lejos de lo que nos quieren hacer creer lxs masculinistas. 

¿Que puede haber falsas denuncias? Por supuesto. ¿Que un varón falsamente denunciado puede llegar a vivir un infierno precisamente porque la ley española protege primero a la supuesta víctima y toma medidas casi inmediatas contra el supuesto victimario? También. ¿Que hay que castigar con todas las de la ley las falsas denuncias? Evidentemente.

Pero falsas denuncias hay en todos los ámbitos, para cualquier tipo de delito. Por ejemplo, las empresas aseguradoras españolas afirman que el 30% de las denuncias de robo en el hogar son falsas. Y que yo sepa, no porque haya falsas denuncias de robo vamos a anular las leyes que condenan el robo...

Como dice la fiscal Soledad Cazorla, citada en un excelente artículo del diario El País: "La denuncia falsa no es un problema de funcionamiento de la ley".

Y además, no entiendo cómo lxs que denuncian los abusos llegan a la conclusión de que lxs feministas están en contra de los varones. Las mujeres que hacen falsas denuncias no son necesariamente feministas (y dudo mucho de que lo sean), sino mujeres que se aprovechan indebidamente de una ley para salirse con la suya. No veo qué tiene que ver el feminismo con eso. 

Pero sobre todo, me parece increíble que se diga que esa ley es "contra los varones". No veo por qué un varón que no maltrata a su pareja debería sentirse concernido. La ley no es un privilegio que se ha dado a las mujeres, sino una protección especial para ellas porque la violencia de género sigue siendo una epidemia que deja centenares de miles de víctimas y era necesario tomar medidas drásticas. ¿Cuántas mujeres han muerto con varias denuncias hechas ante la policía, que no tomó ninguna medida de prevención? Alejar a la pareja denunciada antes de saber si la denuncia es real o falsa es imprescindible para proteger a esas mujeres, porque no estamos hablando de violencia de desconocidos en la calle, sino de un varón que vive en la misma casa que su víctima.

¿Es necesario recordar que de las 400.000 víctimas de violencia de género en España, apenas un cuarto denuncia a su pareja?

Eso sí, si la denuncia es falsa, es evidente que esa mujer debe ser castigada con todas las de la ley.

Recomiendo enfáticamente leer al respecto la nota de El País de la que hablé antes, y de la que copio aquí algunos párrafos:
Pérez Galván no cree, sin embargo, que haya muchas ventajas en tramitar un divorcio desde un juzgado de violencia de género, "porque las primeras medidas se toman rápido, pero la sentencia puede tardar un año y, sin embargo, en los juzgados de familia llevaría unos cuatro meses".

La fiscalía ha recabado algunos datos. En 2007 se incoaron 19 procedimientos por denuncias falsas; en 2008, 18, y en 2009, 22. "Y aquí no se sabe cuál es la sentencia, sólo se incoa por indicios", aclara. Al año hay unas 100.000 denuncias por malos tratos, de las 400.000 mujeres que padecen violencia de género en España, según las encuestas oficiales.

"Las denuncias por maltrato están bajando, las mujeres no denuncian lo que debieran. Esta ley no va contra los hombres, sólo contra los maltratadores. Y no es cierto que la violencia sea propia y normal en los casos de divorcio. Esa violencia viene de antes, y la mujer quiere poner fin a ella con el divorcio, pero los abogados de familia desconocen este fenómeno e insisten en llamar conflicto conyugal a lo que es violencia de género", explica con vehemencia Miguel Lorente, el delegado para la violencia de género del Ministerio de Igualdad.

"La protección a la víctima cuando se evalúa que corre riesgo, el alejamiento que se decreta, no es una ventaja por la que las mujeres acudan a denunciar, es una conquista. El proceso penal siempre se ocupaba del reo, de su castigo o de su inocencia, pero la protección a la víctima es una conquista del proceso penal moderno", dice la fiscal Soledad Cazorla.
PD: en otra entrada explicaré por qué no se puede enmarcar la violencia de mujeres contra varones (que también existe) en el concepto de  "violencia de género".

viernes, 8 de abril de 2011

El maquillaje, una manifestación del machismo

Hace varios meses, recibí un texto de un joven de 17 años. Me sorprendió que un chico tan joven tuviera las cosas tan claras(*).

El texto habla de por qué el maquillaje es una manifestación del machismo. Es un poco (muy) largo, y a veces se deja llevar por el entusiasmo de la escritura, pero lo publico aquí porque me parece que vale la pena mostrar que hay gente con muy pocos años de vida capaz de entender lo que es el condicionamiento social, la violencia simbólica y hasta qué punto nos gobiernan los mandatos patriarcales. 

Preciso que esta persona prefirió conservar el anonimato.
El maquillaje es una manifestación del machismo

Cuando hablamos de machismo hay muchas cosas más importantes que el uso de maquillaje por parte de las mujeres. Puedo enumerar una lista inmensa de todas las discriminaciones, maltratos, violaciones y abusos hacia ellas, y también hacia hombres aunque no lo creas. Pero el maquillaje me llamó la atención por su carácter de “encubierto” en nuestra vida, por la idea de que nadie ve ni una gota de machismo en su uso, por la idea de que siendo de carácter “optativo” y efímero se hace casi obligatorio haciéndolas esclavas de la pintura.
No puedo negar que también existen hombres que se maquillan. Son una absoluta minoría en comparación a la cantidad de mujeres que lo hacen. El maquillaje es algo más que vanidad. Las dietas y las cirugías estéticas también pueden ser consideradas machistas, pero opté por el maquillaje porque es mucho más masivo que las anteriores. Generalizaré y mucho, a veces de forma que parecerán grotescas pero debo hacerlo porque el machismo es un problema global. Siempre hay excepciones, quizás éstas aumenten con el tiempo pero el problema sigue ahí.
No me interesa hablar de la historia del maquillaje, ni qué inicio su uso, ni qué lo hizo popular. Me enfocaré a lo que veo ahora, a mi alrededor. Apunto a descubrir lo que conlleva usar pintura en la cara; todo lo que se le puede atribuir considerando estereotipos y prejuicios
Si eres una lectora quizás la primera idea que irá a tu cabeza será “Yo lo hago por mí, me pinto porque me gusta”. Si eres un lector... siendo sincero, no tengo idea qué podrás pensar pues no se qué te hace leer este texto ni qué te motiva a seguir leyendo. Ahora tú sin importar tu sexo, te preguntas cuál será la motivación que tiene una mujer en seguir leyendo esto. Es muy simple, ella se sintió atacada y querrá seguir leyendo para saber qué otras estupideces seguirá diciendo el tipo que escribió esto. Es obvio, las entiendo. Yo también me pondría furioso si alguien me dice que algo que hago a libre voluntad, para mi propia persona y ejerciendo mi libertad de hacerlo, es algo que en el fondo lo hago por obligación, porque me lo impusieron, que soy tonto por creerme libre y no darme cuenta. Alguien me podría decir que me impusieron mis ganas de jugar fútbol (el deporte que más practico y disfruto), que mi padre me alentó a jugar desde niño, que lo hice por encajar en un lugar, por amigos o la misma televisión me lo inculcó debido a que es el deporte más transmitido del mundo. Eso me haría enojar pero no puedo negar que quizás tenga razón.
Es estúpido generalizar y decir que todas las mujeres usan maquillaje porque se lo impusieron y nunca dejarán de usarlo. Muchas podrán dejarlo sin problemas, no se les caerá la cara, ni se les resecará la piel, ni se les achicaran los labios ni los ojos. Tampoco se morirán socialmente o se verán más feas... ¿o sí? ¿Acaso no usar maquillaje amerita un suicidio social? ¿No la predispone a ser objetivo de burlas y comentarios? ¿Acaso una mujer es fea si no usa maquillaje? ¿La belleza de una mujer consta sólo de su apariencia y no hay algo que valga más?
No quiero terminar haciendo una crítica social y decir que las mujeres son vistas como objetos en esta sociedad machista. Todos y todas sabemos eso. A lo que quiero apuntar es a que las mujeres se den cuenta que existe machismo en todos lados, incluso en sus decisiones personales a pesar de que ninguna figura masculina las esté obligando a usar pinturas en sus caras. Es una imposición hecha por cada mujer sobre ella misma. Muchas dirán que son gustos, que lo hacen porque quieren, que es su libertad. Yo planteo que lo hacen para verse más femeninas. Deben verse así porque son mujeres y las mujeres son femeninas. Así mismo, un hombre debe hacer cosas rudas y de machos para verse como “hombre”.
Quién dice lo anterior es la cultura, la costumbre y la televisión, esta última nos muestra cómo debe verse el ideal de mujer, cómo debe actuar, qué debe pensar y qué debe decir. Todas y todos sabemos cuál es el modelo de mujer que se muestra en la pantalla. Dudo que más de alguna imite sus acciones porque las mujeres en la tele sólo están para entretener y obedecer a los hombres meneando sus caderas y mojando sus poleras. No creo que muchas piensen como las de la caja tonta, que solamente hablan de farándula, moda o productos de belleza (?). Pero muchas intentan imitar la apariencia de las tipas de TV, de eso estoy seguro. El maquillaje es usado por las mujeres normales (consideremos “normal” a cualquiera fuera de la falsa realidad de la TV) con el fin de ocultar “defectos”, busca perfeccionar su rostro, busca hacerlo tan perfecto como los rostros de la TV que ven día a día no sólo en la pantalla, ya que muchas veces las mismas caras se repiten en gigantografías en las calles o publicidades en diarios.
Probablemente el contraste entre la “realidad” en la TV y la realidad en el mundo natural hace que las mujeres sean más duras con sus rostros, les hace exagerar pequeños defectos. Una mujer siempre debe estar bella, bonita, arregladita y “presentable” (y piensa en todas las interpretaciones de “presentable” que puedas encontrar). Eso nos muestra la TV, donde las mujeres “importantes” siempre se muestran así y la falta de arreglos es característico de los papeles insignificantes como público o entrevistada en la calle. Una persona bien presentada es importante, eso nos enseña la caja tonta. Ya que la TV está tan inmersa en nuestra vida, es obvio que las mujeres sentirán que es normal pintarse. Lo hemos visto desde niños y niñas. Siempre estuvo presente en nuestra formación. Aquí es cuando vuelvo a decir “Se les ha sido impuesto”, y no hablo de la misma acción de maquillarse sino del “gusto” por hacerlo. Sí, estoy diciendo que les impuso el gusto de pintarse por todo lo que conlleva, toda la femineidad que representa y costumbre de verlo como algo común y “natural” entre las otras mujeres que las rodean. Lo hacen para sentirse bien con ellas mismas. Incluso si algunas no lo hacen, se llegan a sentir “incompletas” o feas y ahí es cuando surge la necesidad de pintarse.
Una mujer también puede usar el maquillaje como una herramienta y usarlo de manera provechosa. Algunas se han arreglado más de lo usual para obtener un puesto de trabajo. Otras han “engatuzado” a un hombre para obtener lo que quieren. Quizás solamente lo han usado para verse “bien” en situaciones donde se requiera una cierta formalidad. Hasta se puede usar como defensa; recuerda esos polvos, cremas o pulverizadores que pueden reducir a un delincuente dejándolo ciego. Incluso si son espías internacionales (que por supuesto deben tener buena apariencia) pueden usarlo como una arma o defensa contra enemigos, o como explosivo destruyendo los barrotes de su celda para arrancar de su encierro luego de ser descubiertas y secuestradas... No lo niego, son miles los usos que se le pueden dar al maquillaje. El que yo veo relevante es el uso en la vida diaria de las mujeres, en su cotidianeidad. Paradójicamente, me parece relevante porque aparenta ser efímero e intrascendente. Se le considera un bien suntuario del cual se puede prescindir pero no es así. Según estudios del grupo L'Oréal realizados a 4 mil mujeres en 5 países europeos, indican que aún en crisis económica 9 de cada 10 mujeres no redujeron su consumo en maquillaje. Los polvos y las pinturas son parte de sus vidas, muchas incluso llegan a sentirse “desnudas” si no están maquilladas.
El maquillaje puede actuar como “máquina del tiempo”. Existen mujeres viejas que lo usan para esconder arrugas y verse más jóvenes. Muchas niñas lo usan para aparentar ser más adultas. Bueno en conclusión se buscaría ser jóvenes. No puedo continuar la idea porque si lo hago colapsa sobre sí misma. Y las mujeres jóvenes ¿qué es lo que buscan? ¿Ser más jóvenes? Podrían buscar o llamar la atención, hacerse más “bellas” para resaltar y hacer imposible ignorarlas captando las miradas de los hombres. Cuando una mujer camina por unas cuantas cuadras y se da cuenta que un gran numero de hombres le quedaron mirando, se preguntará el por qué y se responderá “Estaré muy bonita, hermosa y casi irresistible” y no pensará en los colores llamativos que lleva en su rostro (recuerda lo que “llamativo” significa). Por supuesto que su autoestima subirá, se sentirá importante, validada y hasta sentirá satisfacción. No digo que sea malo estar feliz con tu cuerpo, al contrario. Siempre es necesaria una autoestima que sea más alta que baja y la apariencia ayuda mucho... pero que necesites de unas miradas de unos cuantos hombres para sentirte valorada como persona y validada como mujer lo veo horrendo.
Si alguien duda de la idea anterior lo o la invito a realizar el estudio conmigo; basta con que un grupo de hombres mire a una mujer pasando por la calle y a la otra cuadra le hagan una encuesta sobre su autoestima... los valores estarán en las nubes. Pero esta idea coincide con el mundo machista en que nos vemos inmersos. Se limita a la mujer a un florero que adorna el paisaje, a un objeto donde “la belleza en una mujer es sólo su apariencia”. Esta es una afirmación muy repudiable y odiable, el problema es que muchas mujeres la reafirman cada día. Existe belleza en lo que siente, piensa, dice y hace una mujer (y toda persona en general). No es solamente como se ve en el exterior, es mucho más y no es necesario que “corrijan” o resalten elementos en sus caras con unos cuantos colores. Hay belleza en todas las personas. Encontrar y admirar esa belleza debería ser lo entretenido de una relación, y no sólo una relación de pareja, en todas; ¿acaso te atreverás a negar que hay belleza en un gesto de amistad? No puedes. La belleza se debería observar a medida que conoces a alguien y no intentar exponerla, disfrazarla o pintarla en tu cara.
Una mujer no es libre completamente, así como tampoco lo es el hombre. El concepto de libertad al que podemos optar es muy limitado. Yo dudo y me cuesta imaginar lo que podría ser la libertad en su máxima expresión. Libertad de pensar, sentir, decir y actuar sin restricciones (obvio considerando la única regla: no dañar a otra persona). Pero cuando nos restringimos al concepto de libertad en que nos vemos inmersos, una mujer no es “tan” libre como un hombre. Si considero algo externo, ella debe estar siempre atenta de su apariencia y ser “señorita”. Por supuesto que yo al igual que tú, considero esta última como una idea extremadamente machista, pero aún ocurre. Aún se ve en nuestra vida. Poco a poco se van exterminando estas erróneas ideas. A veces se ve como si no avanzáramos mucho. Si una mujer sale a la calle sin “arreglarse” probablemente sea el blanco de muchos comentarios hostiles de mujeres que se terminan viendo entre ellas con ojos masculinos. Existe una presión social que no todas pueden soportar. Deben converger al ideal de mujer. Deben ser femeninas. Deben ser como el estereotipo de mujer que todos y todas esperamos que sean, porque eso es una mujer...
Por otro lado si considero un aspecto interno, muchas mujeres piensan y sienten que pintadas son más bellas. Esto se basa en el latente prejuicio de que una mujer es fea si no está maquillada o que necesita mejorar su rostro, porque “la cara es el espejo del alma”... que basura más grande. Hay miles de formas de modificar una cara y hacerla parecer más bondadosa, y esto no garantiza que esa persona sea como muestra su rostro. A continuación citaré un fragmento de una entrevista realizada a la escritora egipcia Nawal Al Saadawi:
“-Hay muchos tipos de velo (…) El tercer velo, que yo llamo el velo posmoderno, es el maquillaje.
-Pero el maquillaje es optativo, el velo es una imposición.
-No, no puedes elegir. Te lo impone la televisión y el libre mercado. Estamos presionados por los anuncios y el libre mercado, la globalización (…)
-¿No le parece importante verse bien a una misma?
-Sí, pero ¿cuál es la imagen que me gusta de mí misma? Es la que le gusta a la gente, no la que me gusta a mí. La gente y especialmente los hombres, que tienen poder, quieren que seamos femeninas, con los pendientes, con los collares, los pechos, las pantorrillas. Esa es la moda, la moda capitalista (...)”
Esta psiquiatra critica el concepto de belleza que cada una tiene sobre si misma. Apunta a evitar que te digan cómo debe ser tu apariencia y tú reconocer cómo es tu belleza. Quizás creas que esa reflexión sobre las palabras de la escritora fue inadecuada y puse palabras en su boca, no lo creas. Es una feminista que siempre apunta a la liberación de las mujeres y la idea que escribí está relacionada a las suyas.
Me fue difícil escribir este texto. Simplemente no encontré más información sobre el maquillaje que ese fragmento de entrevista. Para mí era una verdad oculta y las verdades no se esconden. Es simplemente lo que veo y al parecer esta situación se seguirá reproduciendo durante mucho tiempo más. Por si no te diste cuenta, fui inconsecuente. Hablé de las mujeres como objetos y terminé haciendo una crítica social cuando dije que no lo quería hacer. No lo pude evitar porque ésas son las raíces del problema. Como dijo Simone de Beauvoir en el “Segundo Sexo”, una mujer se hace, no nace. Se hace en función del hombre y para éste. Al final son lo que fueron desde un principio. Desde que nacieron su destino estuvo escrito. Su apariencia es la única que importa. Yo grito que son tontas por aceptar eso y no valorarse como deben. Quizás lo hacen porque de verdad no son libres, nunca lo fueron y no lo serán hasta que se den cuenta de que su apariencia no es tan importante, que sus intereses y los elementos que componen sus vidas las representan más que la forma en cómo se ven.
(*) Edit: preciso que me sorprendió que alguien tuviera las cosas tan claras sobre el sexismo. No estoy insinuando que lxs adolescentes son tontxs e incapaces de tener ideas claras. Pero el camino del des-condicionamiento del sexismo impuesto es, en general, largo, si alguien no tuvo la suerte de toparse muy joven con otra persona que le abriera los ojos.

sábado, 19 de febrero de 2011

Una nota sobre los piropos, el acoso callejero y el sexismo en Tiempo Argentino

El diario Tiempo Argentino acaba de publicar una excelente nota acerca del revuelo que se armó en Internet (en mi blog, el de Holla Back, el grupo de Facebook, el blog de Exocitosis...) con el cartel de Coca-Cola y los piropos:


Me alegro mucho, no solamente de que se cite a mi blog, por supuesto, sino sobre todo de que se hable en un medio nacional de temas de sexismo cotidiano.

Así que agradezco mucho a su autora, Lucía Álvarez.

Ojalá con este tipo de notas cada vez más gente abra los ojos sobre el sexismo de todos los días.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Un sitio para denunciar el acoso callejero

A las mujeres, aseguran algunxs como en la nefasta publicidad de Coca-Cola, nos encanta que nos piropeen. Y es cierto. A algunas mujeres, que creen que la mirada masculina es imprescindible para sentirse plenas, les encantan esos ruiditos tipo "tch-tch-tch", esos silbidos que se parecen a la manera en que llamamos a los perros, esas consideraciones salaces sobre nuestros atributos, y otros románticos comentarios tipo "chupamela toda, perra".

Pero muchas mujeres han abierto los ojos sobre lo que significan realmente los piropos: terrorismo psicológico, acoso, objetización de la mujer. Participan en la idea de que la calle es un lugar inseguro para una mujer sola.

Algunas de esas mujeres que se hartaron de ser tratadas como vaginas con patas que tienen necesariamente que sentirse alagadas por las miradas y los comentarios libidinosos de algunos varones, han abierto un sitio en Internet, End street harrasment ("paremos el acoso callejero"), que se ha transformado en un blog en el que cualquier mujer puede enviar su propia experiencia.

El sitio se llama Holla back e invito a todas las que padecieron acoso callejero a subir su testimonio y si la tienen, ¡su técnica para reaccionar!

Allí relaté el mío:
"La primera vez que me “piropearon”, yo tenía 12 años recién cumplidos. Era muy nena, muy inocente, y recuerdo haberme sentido muy incómoda, y haberme sentido culpable por lo que me habían dicho.

Había ido a la esquina de mi casa a comprar un helado en cucurucho. Volvía a mi casa lamiendo mi helado, cuando un hombre de unos 60 años me siguió y me empezó a preguntar: “¿Es rico ese helado? ¡Qué lindo cómo lo chupás!”

Me sentí muy culpable de estar chupando un helado, porque aunque ni sabía que existía la felatio, entendí la alusión sexual y pensé claramente que yo había provocado eso.

Nunca más en mi vida pude comer un helado en cucurucho sin tener esa sensación de estar provocando a los hombres…"
¿Cuál es la importancia de testimoniar? En el sitio lo explican:
"El acoso en las calles nos ha enseñado a guardar silencio, pero eso puede cambiar. No debemos de tolerar el acoso en nuestras casas, en el trabajo ni en la escuela; y por eso mismo no lo vamos a tolerar en las calles. Al contar tu historia conviertes una experiencia aislante y solitaria en una que se comparte. Esto hace que la atención deje de estar puesta en ti y sea puesta en el acosador. Y finalmente, te vuelves parte de una comunidad mundial que te apoya."
Por último, un toque de humor con algo encontrado en el grupo de Facebook "No al acoso callejero o "piropos" (violencia verbal a las mujeres)":

sábado, 15 de enero de 2011

Clítoris: una revista feminista argentina

Una nueva revista feminista acaba de nacer en Argentina: la revista Clítoris. Por ahora, sólo se consigue en línea, y pueden descargar el número cero pulsando en la imagen. Ojalá pronto la podamos comprar en kioscos.


También pueden leer más información acerca de esa revista aquí.

Edit del 1 de octubre de 2011: la versión papel de la revista se puede conseguir en los siguientes lugares:
  • En Ciudad de Buenos Aires
    Librería de Mujeres (Pasaje Rivarola 133, a la altura de Bartolomé Mitre al 1300)
    Librería de las Madres (Hipólito Irigoyen 1584, Congreso)
    Librería Vivaldi (Santiago del Estero 998, Constitución)
  • En la Ciudad de La Plata
    Prometeo
    Facultad de Humanidades de la U.N.L.P Calle 47 entre 6 y 7
    Librería Cronos. Calle 6 nº 830 entre 48 y 49

sábado, 1 de enero de 2011

Statu quo

Una primera entrada de 2011 un poco pesimista...

Treinta y cinco años nos separan de este video de la cineasta francesa Agnès Varda. Y sin embargo, todas las interrogaciones, preocupaciones, broncas que transmite siguen de actualidad, tanto en Francia como en Argentina: sigue habiendo publicidades sexistas, se sigue usando el cuerpo de la mujer como argumento de venta, se sigue considerando a las mujeres como objetos sexuales, etc. etc.

O sea, en 35 años, no hemos avanzado un centímetro en la lucha contra los estereotipos sexistas... Al contrario, me parece que en muchos aspectos hemos retrocedido.

Aunque no esté de acuerdo con la primera parte del video (no creo que ser mujer sea haber nacido en un cuerpo de mujer -¿qué hacemos con las travestis, transgénero, transexuales?-, ni tener una "cabeza de mujer", porque esto es un pensamiento esencialista), creo que plantea preguntas que siguen vigentes hoy: ¿toda mujer debe ser madre? ¿Qué es ser mujer? ¿Cómo ser mujer fuera del sistema sexista? ¿Cómo vivir nuestra sexualidad? ¿Cómo vivir en la contradicción constante entre santa y puta que nos impone el sistema sexista?



Que este video nos aliente a seguir luchando por el fin del sexismo en todas sus formas.
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domingo, 15 de agosto de 2010

La ciencia, también influenciada por el machismo

Gracias a antropólogos muy serios, todos y todas sabemos que los hombres prehistóricos salían a cazar el mamut mientras las mujeres prehistóricas se quedaban tranquilitas en la cueva pintando boludeces en las paredes, alimentando el fuego, cocinando y amamantando a su prole (y no digo planchando porque en ese entonces no había electricidad...).

Oh casualidad, esa imagen ideal de la familia ideal, con papá afuera, mamá adentro, e hijitos agarrados de sus polleras, fue construida por antropólogos varones, que no escapaban al machismo de su época. O sea, vieron lo que quisieron ver.

Resulta que en cuanto aparecieron científicas mujeres con alguna idea de igualdad de género, las cosas cambiaron, y estudios no menos serios mostraron que las mujeres no se quedaban fregando en la cueva, sino que salían a recolectar frutos, a cazar animales pequeños, en fin, no se quedaban encerradas entre las cuatro paredes de su hogar, sino que eran tan activas como sus activos machos.

Sin embargo, esos estudios jamás alcanzaron la popularidad de los que aseguran tajantemente que los varones tienen mejor ubicación en el espacio porque sus antepasados salían a grandes terrenos a cazar el mamut, y que las mujeres ubican mejor al frasco de mayonesa en la heladera porque eran las encargadas del orden en la cueva (creo que es más o menos lo que sostiene John Gray en Los hombres vienen de Marte y las mujeres de Venus, aunque no lo puedo asegurar porque no tuve el coraje de leer semejante bazofia esencialista y sexista).

Resultado: la gente como usted y yo sigue pensando que las mujeres no salían a cazar y que por eso hoy en día no tienen sentido de la orientación.

Otro mandato casi imposible de derrocar en las mentalidades de la gente: la teoría del macho dominante. A partir del momento en que mujeres se pusieron a analizar el comportamiento de los animales, sin el sesgo machista imperante en la época, descubrieron que no era tan así como decían sus colegas masculinos. Y que había una buena dosis de antropomorfismo (tendencia a a atribuir rasgos y cualidades humanos a las cosas) en los estudios de muchos científicos de renombre.

Quería compartir con ustedes una nota encontrada en el diario Le Monde, acerca, justamente de cómo influye la cultura, la pertenencia a un género y el sexismo, en las investigaciones y las conclusiones científicas. Y cómo, entonces, nuestras certezas sobre el comportamiento animal o los humanos prehistóricos no son tan certeras.

La nota fue escrita por la periodista Catherine Vincent y publicada el 8 de agosto de 2009. La traducción la hice yo. Sabrán disculpar los galicismos...

Ciencia del sexo, y sexo de las ciencias
Por Catherine Vincent
Le Monde, 08-08-2010
Masculino, femenino: ¿cómo ser neutro en este terreno de estudio, cuando el o la que lo aborda se reconoce necesariamente en uno u otro sexo? Reconozcámoslo: la propia autora de estas líneas no escapó a la regla. Los investigadores tampoco. Sea cual sea su voluntad, la ciencia no es nunca completamente "objetiva" cuando concierne, de lejos o de cerca, la diferencia entre los sexos. Y hay muchos ejemplos que demuestran que los avances del feminismo, al modificar las mentalidades, al permitir al sexo "débil" participar más ampliamente a la elaboración de los conocimientos, modificaron estos conocimientos de manera sensible.
Demostración en tres puntos.

AÑOS 1970: LA JERARQUÍA ENTRE LOS BABUINOS, ¿UN ARTEFACTO?

"Envíen a un hombre y a una mujer a una iglesia, háganlos salir quince minutos después. El hombre no habrá visto nada; la mujer describirá los sombreros y los zapatos". El autor de esta frase, el antropólogo estadounidense Louis Leakey, codescubridor del Homo habilis, tuvo la idea genial, al principio de la década de los sesenta, de enviar a su secretaria a observar  los chimpancés a la jungla de Tanzania. Se llamaba Jane Goodall. Le seguirían muchas otras, después de lo cual la primatología no sería nunca más la misma.

"Estas mujeres se quedaban en el terreno mucho más tiempo que los hombres", relata la etóloga y psicóloga Vinciane Despret, profesora en la universidad de Liege (Bélgica). "No era, como se dijo, porque eran más pacientes y observadoras, sino simplemente por razones de carrera: en la década de los sesenta, si querían regresar a la universidad y obtener un puesto, tenían que tener en su activo muchas más publicaciones que sus colegas masculinos". Su mirada lo cambió todo. Principalmente el concepto de "jerarquía de dominación", según el cual los machos dominantes, entre otras prerrogativas, desempeñan un papel particular en la defensa contra los predadores. Una noción tan central en el estudio de los primates que se había convertido, en esa época, en un sinónimo de organización social.

A mediados de la década de los sesenta, este modelo perfecto conoce sin embargo una excepción: los babuinos de la selva ugandesa de Ishasha, observados por la primatóloga Thelma Rowell, huyen en total desorden cuando ven a depredadores, cada uno según sus propias capacidades. "Lo que significa que los machos están bien lejos adelante, y las hembras, estorbadas con sus críos, penando atrás", precisa Vinciane Despret. Constata también que no parece haber, en esa tropa, una jerarquía entre machos y hembras. Unos años más tarde, otra mujer, Shirley Strum, completa la demostración con los babuines kenianos de Pumphouse. "La dominación de los machos es un mito", afirma. La controversia crece. Hasta que las más altas instancias de la primatología admitan lo que nadie había entendido hasta entonces: no son las condiciones de vida de los babuinos los que los vuelven agresivos y jerarquizados, sino las condiciones de observación por parte de los humanos.

"La dominación y la competencia que supuestamente debe regularla emergen bien sólo en dos condiciones muy particulares", precisa Vinciane Despret. "Las investigaciones en cautiverio, y aquellas en que los animales son observados en libertad, pero alimentados por investigadores para poder ser acercados". La dominación de los machos entre los babuinos sólo sería entonces un artefacto. Y tal vez, como lo sugería Thelma Rowell, también el resultado de una forma inconsciente de antropomorfismo.

AÑOS 1980: ¿POR QUÉ LAS MUJERES NO SON CAZADORAS?

De acuerdo a los datos de la prehistoria y al estudio de las sociedades tradicionales, la repartición de las tareas entre los pueblos de cazadores y recolectores siempre fue la misma: los hombres se encargan de cazar los animales grandes, y las mujeres de recolectar los alimentos vegetales, los huevos y los insectos. Durante mucho tiempo, la explicación de esta situación parecía evidente: las mujeres no participaban en la caza debido a los embarazos y a sus niños pequeños. También parecía evidente que la invención de la caza había sido una fuente importante de innovaciones adaptativas (técnicas, sociales, alimentarias) para el género Homo, innovaciones cuyos méritos eran entonces atribuidos a los varones.

Esta última afirmación fue cuestionada, a principios de la década de los ochenta, por varias investigadoras estadounidenses. Para la antropóloga Nancy Tanner y la primatóloga Adrienne Zihlman sobre todo, no son los hombres cazadores, sino las mujeres recolectoras las que fueron el motor de la evolución humana. Gracias a la observación de las sociedades tradicionales y de los grandes primates, propusieron el modelo siguiente: las hembras fueron las primeras entre estos homínidos en usar regularmente herramientas, con los cuales desterraban o capturaban los alimentos que luego ponían a salvo de los depredadores. La eficacia de esta colecta femenina permitió entonces a los hombres dedicarse a la caza, actividad de rendimiento más aleatorio.

En el mismo tiempo, la explicación según la cual las mujeres no iban a cazar porque eran menos móviles que los hombres empezó a resquebrajarse seriamente. Alain Testart, investigador del laboratorio de antropología social del Colegio de Francia, es uno de los que más estudió el tema. Autor, en 1986, de un libro sobre "Los fundamentos de la división sexual del trabajo entre los cazadores-recolectores", sostiene que esta división del trabajo reposa no en la maternidad, sino en una ideología vinculada con el símbolo de la sangre. Una hipótesis que, desde entonces, nunca dejó de apuntalar.

Si miramos desde más cerca, en efecto, las mujeres no están excluidas de manera sistemática de la caza. Entre los esquimales, por ejemplo, pueden, en el verano, acercarse a las focas dormidas y matarlas con mazos. Entre los ainues, población de la isla de Hokkaido, en el norte de Japón, cazan a los cérvidos con perros, cuerdas y redes. Entre los aborígenes australianos, cazan a los animales escarbadores llenando de humo sus madrigueras. Por lo tanto, para ellas, dar la muerte es posible. Pero nunca con flechas, lanzas o arpones.

"La mujer no caza si la sangre animal debe ser vertida, pero sí caza en el caso inverso", resume Alain Testart. Recuerda "las muy numerosas creencias, prohibiciones, tabúes variados y coloridos que rodean la sangre de las mujeres, sea el del parto o de la virginidad, o sobre todo la sangre menstrual, en la casi totalidad de las sociedades primitivas", y subraya el paralelismo entre la sangre de las mujeres y la de los animales. "Todo ocurre como si la mujer no pudiera poner la sangre en juego, en la medida en que está en juego, en ella, su propia sangre". Como consecuencia, en casi todos lados las mujeres fueron excluidas de la guerra, y por lo tanto de la política, así como de los ritos de sacrificio, o sea de la religión.

AÑOS 1990: ¿EL CROMOSOMA Y DETERMINA EL SEXO?

XX = mujer, XY = hombre: el hecho de que la presencia del cromosoma sexual Y, en un solo ejemplar, sea suficiente para inducir el desarrollo de los órganos machos, llevó durante mucho tiempo a los investigadores a atribuirle un papel "dominante". Un "dominante" incapaz de vivir sin su "dominado" (ya que un huevo fecundado en el que el cromosoma Y está solo no es viable), un "dominado" que, en cambio, vive muy bien sin su "dominante" (dado que la mitad de la población sólo es portadora de cromosomas X)... "Pero durante mucho tiempo, ¡estas ideas no se les ocurrieron a nadie!", señala la bióloga Joelle Wiels, directora de investigación CNRS del Instituto Gustave-Roussy (Villejuif, Francia). Como el desarrollo hembra era considerado el desarrollo "por default", las investigaciones apuntaban a buscar los "acontecimientos suplementarios" necesarios para la elaboración del macho.

Entre 1970 y 1990, se encontraron así sucesivamente tres genes del cromosoma Y implicados en la formación de los testículos. En los artículos científicos de entonces, no se los llamaba genes de determinación "del sexo macho", sino "del sexo".

Sin embargo, en 1986, dos biólogas estadounidenses, Eva Eiche y Linda Washburn, emitieron la hipótesis de que existía, junto con el "determinante del testículo", un "determinante del ovario". Pero hubo que esperar 1994 para que un equipo italiano demuestre la existencia, en el cromosoma X, de un gen capaz, expresado en doble dosis, de provocar el desarrollo hembra en los individuos XY. Gen del que se descubrió unos años más tarde que en realidad no era indispensable para la formación de los ovarios. Pero tuvo el mérito de llamar la atención sobre los mecanismos de determinación del sexo hembra. 

"Estos progresos permitieron sobre todo poner en evidencia la complejidad y la sutileza de los acontecimientos que gobiernan, a partir de un mismo tejido, la formación de dos órganos tan distintos como los ovarios y los testículos", comenta Joelle Wiels. Aún si este nuevo enfoque no puso totalmente fin a "los antiguos reflejos", la bióloga nota que el vocabulario de los científicos cambió, y que no es raro, desde el principio de los años 2000, "que una concepción un poco más paritaria se exprese en los artículos". Hasta se podía leer en 2005, en la revista Molecular and Cellular Endocrinology, un artículo cuyo resumen empezaba por esta frase: "Pruebas cada vez más numerosas indican que la organogénesis del ovario no es un proceso pasivo que llega por defecto en caso de ausencia de desarrollo de los testículos".
¿Vieron lo que les dijimos?